Milagrosa se aferra al milagro

 

Milagrosa Martínez durante el juicio por la trama Gürtel y cuando era Presidenta de las Cortes Valencianas.

 

 

por VIRTUDES CAMPOAMOR

Después de un juicio, no exento de ciertos desprecios a la justicia por parte de los enjuiciados, después de unas largas sesiones en las que no faltó absolutamente de nada, desde apelaciones a la ignorancia, hasta declararse casi tonto, hasta no saber, no recordar, y hasta alguna cabezadita de sueño, que también la hubo.

 

Finalmente, el mastodonte de la justicia aunque lento, va llegando a su final, y si al principio de la semana nos enterábamos de la entrada en prisión de los cabecillas de la trama Gürtel, a mitad de la misma sabíamos que una de las responsables políticas, Milagrosa Martínez, podría eludir la prisión de manera momentánea con la contraprestación de 15.000 euros. Nueve son los años a los que ha sido sentenciada. 

 

No es por hacer leña del árbol caído, ni por pescar en río revuelto, pero he de confesar que esta mujer siempre me llamó la atención. Y me la llamó sobre todo por su estética, porque su ética no la conozco. En nuestra mente todos tenemos un prototipo de la pinta que tiene un abogado, un médico, un ingeniero, y naturalmente también un político. Siempre me llamó la atención que esta mujer con ese aspecto, ese porte y esas características físicas hubiese llegado a alcaldesa de Novelda, a Consejera de Turismo, y más todavía a Presidenta de las Cortes de la Comunidad Valenciana. 

 

Cuando veía a Milagrosa, más bien la relacionaba con la frutera de la esquina, la carnicera del mercado, la portera de una finca grande, o cualquier mujer de la limpieza de alguna oficina. Por supuesto con todo el respeto y admiración a estos trabajos y a estas personas. A lo sumo, y si me aprietan, con esa mujer madura, que se ha arreglado y vestido muy bien, para la boda de su hijo y sólo para ese día. Que Dios me perdone, pero nunca me pareció Milagrosa una política, y mucho menos la que llegase a ostentar el segundo puesto en el organigrama en representación pública en la Comunidad, sólo por detrás del Presidente, al haber presidido el Parlamento. 

 

Y el caso es que quizá a ella misma tampoco se lo pareció, o nunca se lo llego a creer. Lo cierto y fijo es que en ningún caso se plantó y dijo no. Rigió el Ayuntamiento de Novelda, le dijo a Camps que ella no sabía nada de turismo pero aceptó, y debió pensar que como Presidenta de las Cortes, ya le ayudarían o le orientarían los procuradores. 

 

Esta semana la imagen que hemos tenido ocasión de ver de Milagrosa Martínez ha sido todavía más discreta o casi cutre. Ya no había ni tan siquiera maquillaje, ya no había joyas, ni vestidos elegantes. Una Milagrosa envejecida, triste, hundida y con seguridad con problemas de salud, aunque sólo fueran por depresión, hacía un paseíllo desde el automóvil al edificio del Tribunal, que era poco menos que un Vía Crucis, intentando sortear y avanzar entre una nube de micrófonos, cámaras y periodistas. Su cara era todo un poema y es evidente que lo estaba pasando mal. Ni la voz le salía del cuerpo. Las luces, cámaras y acción que otras veces buscara la política que no lo parecía, esta semana no las hubiera querido ver. Es evidente que no maneja la situación como un Crespo, un Correa o un Bigotes. Dudo mucho que esta mujer se adaptara o supiera vivir en la cárcel, aunque no tuviera otra, pero es verdad que hasta la Pantoja parecía más puesta para tal menester.  

 

Para acabar con el juguete roto, un abogado que se aferra a unos informes médicos sobre su estado de salud, para no entrar en prisión, la fianza de los 15.000 euros, y el argumento casi para echarse a llorar de que se le ha terminado el subsidio de desempleo. Hablamos de alguien que gozó de coche oficial, guardaespaldas, secretarias, jefe de prensa y grandes emolumentos.  

 

No iré más allá. Pero el pasado miércoles viendo a Milagrosa Martínez aferrándose al milagro de la fianza para eludir la cárcel, no pude más que acordarme de Rita Barberá, en esos mismos momentos, cuando se han acabado los días de vino y rosas y llega la tortura de las espinas, donde ya nadie te adula y todos te condenan. 

 

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