AL PASO / Volviendo sobre las palabras

RAMÓN GÓMEZ CARRIÓN

Lo que dijo el ministro Marlaska sobre lo poco (o nada) que importan las palabras frente a los hechos ni es nuevo ni es verdad. Si no importaran las palabras habría que cerrar el Parlamento y se habría acabado con la democracia, con el poder legislativo y, por tanto, con las leyes. ¿Qué otra cosa son las leyes sino palabras? ¿Qué otra cosa son los libros sino palabras? Sin palabras no existirían ni la Biblia, ni el Quijote, ni los millones de escritos que han transmitido a sucesivas generaciones el saber y el sentir de los muchos sabios (Calderón de la Barca dijo pocos) que en el mundo han sido.

Congreso de los Diputados de España en una sesión plenaria. Foto: Congreso de los DiputadosLenguaje oral y lenguaje escrito. El de las Cortes y los parlamentos regionales es oral, pero queda recogido, afortunadamente, en las actas correspondientes para que ni Rufián, ni Iglesias, ni el resto de ‘sus’ señorías (que desgraciadamente también son las ‘nuestras’) se puedan ir de rositas con las excusa (necia) de que las palabras se las lleva el viento. ¿Cuántas necedades llevamos escuchando de boca de insensatos que nunca debieron tener acceso a un escaño parlamentario?


De Mariano Rajoy puede decirse que ha sido mejor parlamentario que gobernante. Era una luciérnaga en medio de la noche triste y negra de un Parlamento que se cubrió de vergüenza con la moción  de censura más innoble y tristemente legal que pudiera darse. El viejo socialismo de Pablo Iglesias no ha podido ser ofendido de forma más vil por un grupo de ‘socialistas de extrema izquierda’ encabezados por el ‘iluminado’ Pedro Sánchez que tiene al país en vilo sin que sepa cuál es el puerto al que pretende llevar a la nación ni el rumbo de un barco con una tripulación que no controla y que todos los días se le sube a las barbas (no a la chepa de tan esbelto efebo) y se mofa de él, de momento con palabras.


Lo de Torra-Puigdemont y compañeros que se hacen los mártires es algo más que palabras y Sánchez no sabe cómo meterle el diente y dejó a Iglesias la palabra con Junqueras y Puigdemont. O eso dicen. “Mi reino por un caballo”, cuenta Shakespeare que gritaba el rey Ricardo III cuando perdió su montura en la batalla de Bosworth y se vio rodeado de enemigos que le dieron muerte. Sánchez no sería capaz de ofrecer la Moncloa a cambio de un caballo, pero promete lo que haga falta a quien le preste su voto para no tener que abandonar la presidencia.


Dicen que los barones del PSOE están avergonzados (aunque sólo abren la boca Felipe González y Alfonso Guerra) del entreguismo del doctor ‘cum laude’. No me extraña. Si los catalanes independentistas han perdido el sentido común que no vayan a la Moncloa a encontrarlo.


No les interesa el sentido común y por eso utilizan las palabras sin respetar lo que han significado en el pasado (en  el pasado reciente y en el pasado remoto), además de que no suelen ser hombres ‘de palabra’ que no es lo mismo que serlo de ‘palabras’. El Evangelio de San Juan comienza diciendo que “en el principio era la Palabra y que la Palabra era Dios”. Estos insensatos del Gobierno hablan como si su verbo fuera la palabra de Dios. ¿A quién quieren engañar? ¿A quién están engañando?

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