AL PASO / El fracaso del Cristianismo en el Occidente europeo

RAMÓN GÓMEZ CARRIÓN

Mi reino no es de este mundo, le dijo Jesús de Nazaret a Poncio Pilato cuando lo interrogó antes de condenarlo a muerte en la cruz a pesar de reconocer que no encontró en él causa alguna para tal felonía; sólo para dar gusto a los príncipes de los sacerdotes y dirigentes fariseos que veían un peligro en la enseñanzas del Nazareno al que acusaron  de proclamarse rey. “¿Eres tú el rey de los judíos?”, le inquirió el procurador de Roma. “Mi reino no es de este mundo… He venido al mundo para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad oye mi voz”. Pilato le dijo: "¿Y qué es la verdad?”.

 Mujer orando en el campo.

No esperó respuesta Pilato y se fue a insistir a los del Sanedrín que no encontraba delito en aquel a quien acusaban también de llamarse hijo de Dios. Si hubiera esperado contestación a su pregunta habría sabido que Jesús ya decía en sus predicaciones ante miles de seguidores que Él era “la verdad y la vida”. En lugar de esperar, lo que hizo fue complacer a los dirigentes judíos que le acusaban de no ser amigo del César si dejaba en libertad a quien se proclamaba rey. Se lo entregó para que le crucificaran.

De Cristo viene el Cristianismo que tardó más de trescientos años en conquistar Occidente, en inundar todas las provincias del impero romano de las enseñanzas de Jesús de Nazaret, que se resumían en las bienaventuranzas y en los mandamientos; en las hermandad de todos los hombres, iguales y libres. Los ideales del Cristianismo se sumaron a los valores de las culturas de Grecia y Roma y conquistaron (y conquistan) nuevos continentes. Es cierto que en nombre del Cristianismo hubo periodos de la Historia ennegrecidos por guerras de religión y otros episodios que no tienen nada que ver con el valor de las enseñanzas de quien era Dios y hombre y al que traicionaron y traicionan algunos de los ‘suyos`, de los traidores que siempre hubo en la Iglesia como lo hubo entre los doce apóstoles, los nuevos y viejos ‘judas’.

Es conocida y repetida la sentencia de Gandhi sobre las enseñanzas de Jesucristo: “El Cristianismo es una hermosa religión; lo malo son algunos cristianos”. Pero la ingente tarea llevada a cabo por el Cristianismo en Occidente y en otras zonas del globo terráqueo es de tales dimensiones que sólo ciertos dirigentes políticos y algunos intelectuales marcados con prejuicios supuestamente racionalistas se empeñan en atacarla. Una de las religiones más hermosas, como decía Gandhi, no se merece una persecución de las izquierdas y el desprecio o la indiferencia de políticos de centro y de derechas, como si el acertado aconfesionalismo del Estado tuviera que desembocar en un laicismo beligerante contra todo lo cristiano y en especial lo católico.

España tiene una historia importante con etapas brillantes y otras que no son precisamente para enmarcar. Podría decirse que los últimos 40 años han sido especialmente buenos si los comparamos con los cuarenta de franquismo, los ocho de la Segunda República, los ocho de las dictaduras de Primo de Rivera y Berenguer, los dos de la Primera República y los largos y penosos años de casi todo el siglo XIX. Desde los tiempos del imperio de Carlos I hasta el momento presente, las relaciones Estado-Iglesia han tenido de todo, bueno y malo. La Iglesia y el Estado, en España y en todo el Occidente europeo, deberían encontrar un punto de entendimiento, con la religión siempre respetada, nunca atacada, pero también siempre respetuosa con  la Constitución de cada país. La tradicionalmente cristiana España lo es menos cada año y eso debe preocupar a la Iglesia Católica, que tendrá que buscar un revulsivo evangelizante porque cada año bajan las cifras de quienes se consideran cristianos. Tendrá que, entre otras cosas, dialogar con los partidos políticos para lograr de ellos, al menos, un trato respetuoso, explicándoles que la Iglesia es de todos. No se puede entender que siempre que se atacan creencias religiosas sea contra la Iglesia Católica.

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