AL PASO / Navidad sin Dios es un sinsentido

RAMÓN GÓMEZ CARRIÓN

Las fiestas navideñas en estado puro (como escribí en otro tiempo y repito ahora) no tienen ningún sentido si se las priva de su carácter religioso. Conmemoran el nacimiento de Jesucristo, el hijo de María, que también era el hijo de Dios. Algo misterioso pero absolutamente creíble, como la existencia de un universo con miles de millones de galaxias cada una con miles de millones de estrellas.

Ese Niño-Dios, tan indefenso que tuvo que huir a Egipto para que Herodes no acabara con él, es el creador del mundo, el que causó el Big Ban, no como niño, sino como Dios. Jesucristo es temporal como hijo de María y eterno como hijo de Dios, de la misma naturaleza que el Padre y el Espíritu Santo.

Buena materia para un cuento, un cuento sublime, un cuento de Navidad. Pero o crees en ese Niño-Dios o piensas, como el fallecido Stephen Hawking y algunos otros científicos (los hay también  creyentes), que el universo salido del Big Bang es producto de la casualidad, casi otro fantástico cuento perfectamente respetable, pero de ninguna manera excluyente del origen global en un ser inteligente.

Tampoco comprendo que se tenga por progresistas a los científicos materialistas y ateos, como me niego a dejar el progresismo en exclusiva para las izquierdas radicales que se cargan las tradiciones religiosas de este país, entre ellas el belenismo en los colegios públicos, aduciendo seudo-razones de multiculturalidad. O cuando, por el mismo motivo, eliminan estrellas y árboles navideños de la iluminación oficial de calles. O cuando se suprimen (no sé si oficial o extraoficialmente) megafonías callejeras haciendo sonar villancicos.

Navidad sin Dios (sin Niño-Dios) es un sinsentido, una necedad. Pero es lo que se lleva. Festejos con poco sabor religioso. Posiblemente sean mayoría absoluta los españoles que no saben lo que es ‘la misa del gallo’, la que aún se celebra en estos tiempos a las 9 de la noche en lugar de a las veinticuatro horas del día 24, Nochebuena, y con la que se entra en el día 25, día de Navidad. Al final de la misa, en mi pueblo, venía el besapié de la imagen del Niño Jesús. El cura sostenía al Niño con la mano izquierda y con un pañito en la derecha limpiaba el piececito no fueran a contagiarse los constipados. Y se cantaban villancicos hasta que desfilaba el último vecino.

No se llenan las iglesias ni en Navidad. Si la gente no va a las iglesias, tendrán que ir las iglesias a la gente, aunque sea por las redes sociales. La ausencia de religión nos hace más brutos, más egoístas, menos solidarios. La excepción de la regla son los terroristas islamistas y cualquiera que utilice la religión para su servicio en lugar de para servir a los demás. Los mandamientos se reducen a dos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. ¡Feliz Navidad!

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