AL PASO / Las palabras y el señor Marlaska

RAMÓN GÓMEZ CARRIÓN

Decía el ministro de Interior, tras que su colega de Justicia le llamara maricón, que (al margen de que la ‘anécdota’ tuvo lugar cuando ninguno de los dos formaba parte del Gabinete del doctor Sánchez) no había que darle tanta importancia- “Lo importante son los hechos, no las palabras”. Allá el ministro Marlaska con su filosofía sobre el lenguaje, pero no me negará que la expresión de la señora Delgado no es precisamente afortunada y más si tenemos en cuenta que se produjo siendo los dos magistrados de una Justicia que se supone ajustada a las buenas maneras además de al Derecho.


Fernando Grande-Marlaska, ministro de Interior de España.Coincidía la frase marlaskiana en los medios de comunicación con la protesta del Gobierno sanchezco ante la Organización de Estados Americanos (OEA) porque su secretario general, Luis Almagro, llamó “imbécil” a Rodríguez Zapatero en relación con su papel en la crisis de Venezuela. Por cierto, eso me recuerda un rifirrafe en el Congreso de la Diputados entre Rajoy y ZP, cuando aquel llamó a éste “bobo solemne”. Llueve sobre mojado mal que le pese al delfín de Zapatero, el doctor Sánchez, aliado de los podemitas y defensores de Maduro tras recibir dinero venezolano por asesoría al chavismo.

Sobre el valor de las palabras no debemos permitir que sean los políticos (aún siendo magistrados) los que decidan. Todos ellos dicen estar contra la corrupción, pero no acaban con los corruptos. Y es que no hay una sola corrupción, sino muchas y una de las más graves es la de las palabras. Porque la utilización interesada de las palabras hace mucho daño a la sociedad además de a la democracia. ¿Qué es eso de que no importan las palabras sino los hechos? Falso y mil veces falso. Claro que importan y posiblemente más que los hechos. Casi siempre son ellas las que se adelantan a los hechos. Torra, Torrent y otras autoridades catalanas independentistas no paran de decir barbaridades anticonstitucionales con palabras mil veces más graves que la de “imbécil” o “maricón”, aunque, evidentemente, nadie tiene bula para insultar, ni siquiera Pedro Sánchez que lo hizo (a Rajoy y muy gravemente) en un cara a cara electoral y televisivo de máxima audiencia.

Los ministros (la palabra incluye a todos y todas los miembros y miembras) de Sánchez parecen ser, como éste, discípulos del peor Zapatero, el que no tenía claro el concepto de nación española que figura en la Constitución. Y por eso dio alas nacionalistas a los independentistas catalanes que siguen sin ver lo evidente: que la guerra, a la muerte de Carlos II sin descendencia, fue una guerra de sucesión y no de secesión. He aquí la enorme importancia de las palabras. Lo supo muy bien Rafael Casanova, conseller en cap, que no fue independentista y así lo proclamó al rendirse a las tropas de Felipe V el Borbón cuando lo que él quería era un rey Habsburgo “para Cataluña y el resto de España”.
Es fácil observar que las palabras son tan importantes como los hechos, señor Marlaska.  

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