Nuevo orden mundial

SONIA MARCO
Los líderes mundiales nos han dado esta semana nuevas instantáneas de esas que quedan en la retina para los anales de la Historia. Las super potencias del siglo XX escenifican una nueva realidad mundial con sus muestras de amiguismo, mientras el intento de la UE en salir a flote de este vertiginoso cambio a nivel global es patente con su pose al lado de la del XXI en Pekín.

Donal Trump y Vladimir Putin se saludan en la cumbre bilateral entre EEUU y Rusia celebrada en Helsinki. Foto: en.kremlin.ruAtrás quedaron los discursos broncos en escenarios llenos de simbología totalitaria, con desfiles exhibiendo poderío militar y rivalizando en competiciones deportivas mundiales. El zapato de Jruschev da paso al balón de Putin y promete que habrán más capítulos de este nuevo serial de las relaciones internacionales, sin acuerdos concretos y sí mucho gesto, como la fe ciega de Trump en la negativa del dirigente ruso sobre la injerencia rusa en las elecciones norteamericanas con su ejército de hakers. Una pose que le ha costado un “donde dije digo, digo Diego” a su vuelta casa tras la bronca del congreso estadounidense, admitiendo la posible injerencia rusa en el proceso electoral que le dio el poder hace casi dos años. Mientras, la instantánea con Putin ya ha dado la vuelta al mundo.

A su vez, en la otra punta del globo la vieja Europa se defiende como puede bajo el paraguas de su marca UE, vapuleada tras el abandono del Reino Unido, que cuece sus propias habas con el estancamiento del Brexit en las propias filas de los conservadores británicos. De este modo, estrellas de fondo azul y rojo se dan la mano en el nuevo escenario comercial que ha propiciado Donald Trump con su política de subida de aranceles a productos chinos y europeos, que no les queda otra que hacer frente común. La incógnita está en saber cómo lo harán: ¿más made in China? ¿Qué pasará con las exportaciones patrias a los EEUU, cambiarán de ruta hacia el lejano oriente? Por su parte, parece que el romance estadounidense con el mundo hispano dejó de valer la pena y el spanglish ya no está de moda.

De izquierda a derecha, el presidente del Consejo Europeo Donald Tusk, el primer ministro chino Li Keqiang, y el presidente de la Comisión Europea Jean-Claude Junker. Foto: rtve.es Tas la gira triunfal de Trump por el viejo mundo, primero con el tirón de orejas a sus socios de la OTAN y después con el posado con Putin en Helsinki, queda patente el cambio del orden internacional y no queda otra que hacerse un hueco en el nuevo panorama. La UE, aparte de su particular “Brexit crucis”, tiene a la inmigración ilegal como uno de los desafíos más importantes que hacer frente en los próximos años a tenor del giro protagonizado por Italia, uno de sus socios fundadores, con su negativa a albergar a más barcos migrantes procedentes de Libia. Esta decisión ha afectado de forma directa a España, que se ha convertido en el principal destino de las rutas con origen en el África Subsahariana.

Según FRONTEX, la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas, en el último mes de junio España recibió 6.400 migrantes ilegales por mar, el mayor punto de entrada de la UE tras el cierre de la ruta central por parte de Italia y el control de la del este que lleva a cabo Turquía, previo pago de la UE. La cifra supone un aumento de un 166% más que el mismo periodo del año anterior y ello ha despertado las alarmas en la UE, situación que el propio Fabrice Leggeri, director de FRONTEX, reconocía recientemente en una entrevista al diario alemán “Die Welt”, donde mostró su "preocupación por que España se convierta en el nuevo “punto caliente” de la inmigración ilegal de la UE".

Las reacciones no se han hecho esperar y tras las presiones de la entente escenificada en la última cumbre europea del 28 de junio por Austria, Italia y el ministro del interior alemán a favor de un mayor control de las fronteras de la Unión, la Comisión Europea adelantará en siete años los planes para tal fin. De este modo, se harán efectivos los recursos previstos para 2027 dentro de dos años, que consistirá en un aumento de 10.000 los efectivos destinados a ello, lo que sin duda incrementará el presupuesto anual de 300 millones de euros que actualmente destinan los socios a controlar sus fronteras.

Pero las cosas de palacio van despacio y si bien dos años parecen que no son mucho para la UE, en clave electoral es una eternidad, sobre todo en la era de las nuevas tecnologías y de la posverdad en lo que a información se refiere, donde triunfan los discursos populistas con tintes nacionalistas no exentos de xenofobia –si no, que se lo digan a Trump y a Salvini-. Lo que en el estudio DAFO de la estrategia clásica publicitaria definen como amenazas, en clave política se llaman desafíos, términos que en campaña se es proclive a confundir para pescar en el río revuelto del electorado.

Sin duda, la UE necesita de una nueva hoja de ruta, una definición clara y conjunta de su identidad, sin dejar de lado la nueva realidad que supone la inmigración, con la integración como argumento a favor de la pluralidad que la define. Un modelo a la francesa es una de las opciones, cuya selección francesa de fútbol y su reciente triunfo en el Mundial de Rusia quizás sea el revulsivo necesario para ello. Ahora falta por ver cómo Macron gestiona una coyuntura calcada a la de hace 20 años, cuando la selección gala ganó su primera estrella con un Zidane como baluarte de un equipo intercultural. Una oportunidad que la vieja Europa en horas bajas merece aprovechar.

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