Las aguas revueltas de la UE

SONIA MARCO

La crisis del Aquarius ha puesto sobre la mesa la candente cuestión de la inmigración ilegal en Europa, que ha revelado las diferencias latentes entre los países de la unión y la debilidad de la misma en lo que a su política migratoria se refiere. Tras la resaca del Brexit, sin respiro llega a la UE la negativa italiana de acoger más barcos solidarios cargados con inmigrantes ilegales provenientes de las costas libias, pasto de las mafias desde la caída de Gadafi hace siete años tras la primavera árabe iniciada en la vecina Túnez. España se diferencia y acoge, Francia nobleza obliga, en Alemania crecen los enanos y en el este hacen peña. Nuevo siglo, nueva Europa.

Una lancha de inmigracntes es rescatada por un barco maltés en el Mediterráneo. Foto: U.S. NavyLas crisis se pueden ver de dos maneras, según las tesis de los apocalípticos e integrados vengan al caso. Hablamos del principio de un fin o el proceso de transformación hacia otro estado diferente, con peajes de por medio. Lo que es innegable es que estamos ante el principio de una nueva etapa, donde la cuestión migratoria juega un papel predominante en la definición de una nueva Europa, de cuyo tren los ingleses decidieron bajarse.

El rebote italiano

Tras el colapso político vivido en Italia desde las elecciones del pasado 4 de marzo, con el acuerdo de gobierno entre la Liga Norte y el Movimiento 5 estrellas -a priori partidos ideológicamente opuestos pero ambos populistas-, se inicia un nuevo periodo donde las incógnitas están servidas. Tras el desgaste de la socialdemocracia, la era Berlusconi y la tibia alternativa democrática de Renzi, la falta de un partido de centro fuerte que modere los extremos ha llevado al poder a las dos fuerzas políticas alternativas que nacieron al calor de la última crisis económica con duros discursos antieuropeístas, poniendo el foco de todos los males que aquejan a la sociedad italiana en la inmigración ilegal.

Tras la caída de Gadafi en 2011 y una vez apaciguada la guerra desatada en Libia por el control del país, en los últimos tres años las costas italianas recibieron 500.000 personas provenientes del África Subsahariana. Una cifra a destacar si tenemos en cuenta que antes de la caída del dictador libio, la cifra aproximada era de 30.000 migrantes al año, pasando a 100.000 una vez establecido el corredor controlado por las mafias del país norteafricano. A ello habría que añadir la migración proveniente de los Balcanes por el este que, si bien ahora no es un foco de atención mediático, sí lo fue en los 90 y tuvo en las costas del Adriático los principales puntos receptores de refugiados y migrantes que huían de la guerra.

Mientras, la población italiana arrastra un parón económico de quince años, sin crecimiento registrado desde 1999, y cuya economía, otrora dinámica y manufacturera, se ha visto adelantada por la española en la última revisión del Fondo Monetario Internacional. La falta de dinamismo interno ha provocado la fuga de cerebros y ha acrecentado las eternas diferencias entre el norte y el sur, mientras la clase media ha visto mermado su poder adquisitivo. Un sentimiento de hastío que se ha visto reflejado en el tono de los discursos políticos de los nuevos líderes, salpicados de descalificaciones personales y duros ataques contra la “vieja política”.

Por ello, la decisión del nuevo ministro del interior y vicepresidente Matteo Salvini –líder de la Liga Norte desde 2013-, es coherente con su discurso político en la campaña de las pasadas elecciones que lo aupó al poder,  donde señala su postura antimigratoria y presiona a sus socios europeos a que cumplan con sus obligaciones y acojan al número de migrantes pactados. Reunido estos días con su homólogo austriaco en Roma Herbert Kickl –nacionalista del partido FPO-, Salvini marca el nuevo rumbo de la política exterior italiana, centrada en establecer un nuevo eje con Alemania con el objetivo de reforzar las fronteras europeas y poner un freno a la inmigración ilegal con medidas urgentes. Todo ello salpicado con guiños a la Rusia de Putin, reflotada en un nuevo imperio de corte democrático con un líder omnipresente que da estabilidad a su población, lo que, sin duda, mete presión a la UE de Merkel.

La canciller alemana Angela Merkel y Horst Seehofer, ministro de interior de su gobierno.Merkel sin aliento

Mientras, en Alemania a Merkel le crecen los enanos. Tras el rompecabezas europeo del Brexit inglés ya encauzado, llega la crisis de la migración ilegal con la negativa italiana. Sin respiro tras la toma de posesión de su cuarto mandato el pasado mes de marzo tras pactar con los socialdemócratas, Merkel se encuentra con el ultimátum de su socio de gobierno y ministro del Interior Horst Seehofer, líder del partido bávaro Unión Social Cristiana, el más minoritario y conservador de sus aliados.  Tras la negativa de la canciller a aceptar su plan maestro migratorio de 63 medidas que incluía el cierre de fronteras, el ministro le ha dado dos semanas de plazo para que proponga una solución al desafío migratorio o cerrará las fronteras alemanas de forma unilateral. La cumbre de la UE prevista para el 28-29 de junio dará las respuestas.

Fraternité obliga

Por su parte, en Francia el gobierno de Emmanuel Macron reacciona y tras el acogimiento de España del Aquarius, se ofrece a recibir a los inmigrantes que quieran ir al vecino país galo. De los 600 inmigrantes que llegaron a Valencia, 274 han manifestado su deseo de ir a Francia, lo que denota el interés de los migrantes hacia uno de los países europeos de más larga tradición de acogimiento de inmigrantes del continente africano, sobre todo la registrada las décadas de los 80 y 90, tras la oleada de españoles y portugueses de los 60-70. Otro asunto es el desigual éxito de su integración, con barreras socioculturales que alimentan la polémica –uso del velo en las escuelas públicas y en las playas del burkini- y otras de índole arquitectónico, donde los guetos de inmigrantes en las afueras de las grandes urbes ha provocado problemas de seguridad nacional, con la exposición de franceses de segunda generación a los cantos de sirena del terrorismo yihadista.

Quizás la llamada de experiencias positivas de compatriotas ha sido una de las principales causas de esta desbandada hacia la Francia de las políticas sociales, o bien la lengua común de las antiguas colonias y, sin duda, la perspectiva de una vida mejor vista tantas veces a través de las antenas parabólicas de las urbes africanas, o ahora gracias a la era de internet y su acceso inmediato a la información. Parafraseando al gran Gilberto Gil, que ya en 1992 cantaba aquello de “antes el mundo era pequeño porque la Tierra era grande, ahora el mundo es muy grande porque la Tierra es pequeña, del tamaño de una parabólica”, en  “Parabolicamará”.

La nueva era española

Mientras en España, socio europeo fiel de Merkel y sus políticas económicas, en una semana el escenario político cambia. La esperada sentencia del caso Gürtel donde queda probada la caja B del Partido Popular y su política de financiación ilegal, da alas al PSOE de Pedro Sánchez y una moción de censura desbanca del poder al gobierno popular y marca una nueva era socialista. Un nuevo capítulo del tradicional bipartidismo, esta vez con nuevos actores además de los nacionalistas, sin los cuales la propuesta no hubiera prosperado, que apuntala en el poder al socialismo español, encantado de volver a Moncloa en solitario. En un tiempo récord, con un Podemos y un Pablo Iglesias tibios tras la comentada compra de su casa de 600.000€, los socialistas obvian los apoyos y forman un nuevo gobierno con más carteras y muchas más ministras, dejando claro sus diferencias con los anteriores y teniendo claro su target de votantes.

Como primera muestra de su cambio de rumbo, anuncia la acogida del barco Aquarius, a la deriva en el Mediterráneo tras la negativa de Italia de permitir su amarre en sus puertos.  El gesto acelera la agenda de la política migratoria europea, presionada por la nueva postura italiana, con nuevos interlocutores españoles claramente europeístas partidarios de una política migratoria más inclusiva.

Viktor Orban, primer ministro de Hungría. Nuevo juego

Hasta la próxima cumbre europea prevista para fin de mes, las reuniones se suceden con el fin de llegar con las posiciones definidas. El eje antiinmigración toma fuerza con la incorporación de Italia a Austria y los cuatro países del Visegrado –Eslovaquia, Chequia, Polonia y Hungría-, reunidos en Budapest una semana antes. Con la hoja de ruta definida - reforzar las fronteras y establecer centros de acogida fuera de la UE-, el bloque acude a la cumbre con una Alemania presionada por su socio bávaro, y una Francia y España más acordes con una política más flexible.

Tras la reunión del 27-28 de junio, el próximo 1 de julio la presidencia de la UE pasará a manos de Austria. Las conclusiones de esta cumbre en lo que a migración se refiere definirá las actuaciones a seguir, que pueden chocar con las que cada país establezca por su cuenta, como las aprobadas por el gobierno del húngaro Viktor Orban, que ha establecido una penalización a quienes ayuden a los migrantes, inscribiendo “la defensa de la cultura cristiana” en la Constitución.

La contradicción y polémica está servida, con el desafío a digerir en este nuevo panorama mundial, protagonizado por líderes mundiales que se erigen como salvadores de su patria y defensores de los valores propios de cada país, en un polo apuesto a la multiculturalidad y convivencia interracial defendida en las últimas décadas. Nuevo siglo, nuevo juego…pero lo más preocupante son los nuevos valores, más insolidarios y proteccionistas, que parecen resurgir de un pasado que creíamos superado. Volviendo a echar mano de la música popular, como cantaba “El último de la fila” en los boyantes 80, “Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana”. O más bien, el miedo de los nuevos socios a compartir sus recién privilegios adquiridos, con una Rusia sin perder comba de lo que ocurre en la vieja Europa.

 

Submit to FacebookSubmit to Google PlusSubmit to TwitterSubmit to LinkedIn