La mediterraneidad paradójica de Libia

SONIA MARCO

Libia es uno de los países más cercanos y a su vez desconocidos de la cuenca del mediterráneo. Tras décadas bajo el mando del coronel Gadafi, 2011 y su primavera árabe marca un antes y un después de su historia reciente, caracterizada por dos guerras civiles y un presente y futuro inciertos, con la sombra del estado Islámico incluida, y el retorno del clan Gadafi al panorama político como actualidad. Francisco de Miguel Álvarez, es el embajador de España en Libia y nos cuenta cómo ve la actual coyuntura del país norteafricano, los intereses de España, y cuáles son sus expectativas en un año clave para su devenir, con elecciones presidenciales previstas para el próximo otoño. De Miguel estará en Casa Mediterráneo el viernes 23 a las 19:30 dentro del ciclo “El Mediterráneo hoy” que organiza la institución diplomática con sede en Alicante.

Libia consta de un territorio de 1.760.000 kilómetros cuadrados con una población de 6.244.000 habitantes, con la esperanza de vida más alta del continente africano, 77 años, hasta 2011, así como el PIB per cápita más alto de África hasta esa fecha, clave en su devenir.  Para conocer el país, cabe hacer un breve recorrido por su historia reciente. Tras ser colonizado su territorio por Italia a comienzos del pasado siglo, tras la II Guerra Mundial los aliados no se ponen de acuerdo del destino de Libia y la ONU decide otorgar el poder a Idris, antiguo emir de Cirenaica –región del noreste de Libia-, que había luchado contra la invasión italiana, constituyendo una monarquía en el país.

Muammar el Gadafi, mandatario libio de 1969 a 2011. Con una política exterior pro occidental, no consigue crear un sentimiento unitario nacionalista libio y su no participación en la guerra de los Seis Días en 1967 contra Israel, provoca un sentimiento impopular entre los trabajadores y estudiantes pro árabes. Dos años después, un coronel del ejército se hace con el poder en un golpe de estado: Muammar –al-Gadafi, que gobernaría la nación 42 años hasta su derrocamiento en 2011.

Francisco de Miguel hace una diferenciación entre las distintas épocas de su mandato: “Podemos distinguir dos o tres etapas, una primera en la que sigue los pasos de las revoluciones del mundo árabe de los 60, como la de Nasser en Egipto, que evoluciona hacia posiciones izquierdistas y estatalistas, con la instauración de la Yamahiriya, que lo enfrenta a Occidente. Por último, hubo un intento de apertura y reconciliación con las potencias occidentales a comienzos del milenio con sendas apariciones públicas con Tony Blair visitando su jaima de Trípoli, y posando con Nicolás Zarkozy en el Elíseo”.

Las intensas relaciones comerciales que entonces se entablan es una de las características de la época: “Libia entonces era un país comprador, tenía divisas gracias a su actividad exportadora de petróleo, y todos intentaron hacer negocios con el régimen de Gadafi, incluida España que realizó interesantes contratos para poner en marcha infraestructuras importantes en el país”, explica De Miguel.

Estamos en 2007, época pre crisis que terminaría con la recesión mundial de los siguientes años hasta llegar al año 2011, clave para su historia y la de todo el mundo árabe.

A lo largo de la primavera de ese año se suceden distintas manifestaciones de grupos opositores a los gobiernos de los países del Magreb y buena parte de los de Oriente Medio,  y Libia no es ajena. Las protestas son duramente reprimidas por Gadafi, lo que provoca el abandono de apoyos de su propio gabinete, así como de líderes religiosos, y comienza una ardua guerra entre opositores al régimen, apoyados por fuerzas extranjeras, y las gubernamentales de Gadafi. Tras apenas unos meses de enfrentamientos y bombardeos aliados, el coronel cae derrotado en su ciudad natal, Sirte, con ejecución de escarnio público incluida.

El problema, comenta De Miguel, es que “el régimen no evolucionó a nivel interno a tiempo, se suponía que lo haría con el hijo de Gadafi, pero no le dio tiempo a hacer la transición generacional”.

El poder queda entonces a merced de los grupos opositores, cuyas diferencias no terminan de formar un gobierno estable, con los Hermanos Musulmanes que controlan el Congreso  General Nacional y la entrada de diversos grupos islamistas radicales, que se hacen con el control de varias ciudades. En 2014 El general Jalifa Haftar entra en escena con la Operación Dignidad, y protagoniza una toma de poder en el este del país, en la región de Cirenaica. Los grupos contrarios se agrupan en la coalición Amanecer Libio y comienza la segunda guerra civil en menos de cinco años.

El diplomático español y embajador en Libia Francisco de Miguel, en Casa Mediterráneo. Foto: redacción HdL

Política internacional

El conflicto alcanza dimensiones internacionales cuando intervienen los Emiratos Árabes Unidos que bombardea, con la ayuda de Egipto, las posiciones del Amanecer Libio en Trípoli, mientras Catar los financia y apoya a través de una aerobase en Sudán.

Esta injerencia internacional es, según Francisco De Miguel, una señal de su pérdida de posiciones a nivel internacional, pues “ahora Libia es una víctima de influencias del exterior, pues para Catar y los Emiratos Árabes Unidos es un territorio donde pueden proyectar sus voluntades de instaurar un modelo en el mundo árabe-islámico. En el pasado sí que tuvo un papel relevante en la zona, pero con una concepción belicista e intervencionista de las relaciones internacionales. Cuando abandonó esa postura, realizó una política más positiva, pero poco tiempo tuvo para desarrollarla”.

Mediterraneidad paradójica

En diciembre de 2015 interviene la ONU y a través de los acuerdos de Sjirat, consigue imponer la paz e instaurar un nuevo gobierno donde da cabida a las dos fuerzas enfrentadas a través de la creación de dos instituciones políticas: la Cámara de Representantes, a la que le otorga el poder legislativo, y el Alto Consejo de Estado, reconvertido del Congreso General Nacional, de un carácter más consultivo. La ONU conforma un gobierno con consejos presidenciales y sitúa a la cabeza como presidente al tecnócrata Serraj, que no consigue ejercer un poder real.

La jerarquización de ambas cámaras no termina de convencer a ambos bandos, que continúan enfrentados con la figura del general Haftar haciéndose fuerte en el este del país, logrando el control de la ciudad de Bagasi y de los puertos petrolíferos.

Saif al Islam, hijo de Gadafi, y aspirante a presidente de Libia. En medio de la incertidumbre, surge la figura de Saif al islam, hijo de Gadafi y delfín del régimen del coronel quien, tras años encarcelado, es puesto en libertad recientemente y se postula como candidato para las próximas elecciones, previstas a finales de 2018.

El futuro se presenta incierto en “una sociedad que tiene las bases para construir un estado democrático moderno, pero con contradicciones internas, pues en pocas épocas de su historia reciente ha habido una construcción de las instituciones del estado, siempre bajo regímenes presidencialistas muy clientelares”, define De Miguel, que añade “Libia presenta una mediterraneidad muy paradójica, pues en vez de desarrollar sus vínculos mediterráneos, Gadafi focalizó sus intereses en el continente africano con el fin de erigirse como líder regional”.

Relaciones con España

Las relaciones bilaterales de España con Libia han tenido un componente económico muy fuerte, incluso en los últimos años plagados conflictos bélicos. La compañía Repsol explota el 30% del crudo libio y diversas empresas constructoras españolas llevan a cabo infraestructuras de calado. De Miguel apunta que “estamos muy cerca de Libia y mantenemos muchas relaciones comerciales. En el futuro, si fuera posible una estabilidad política, muchas empresas españolas tendrían posibilidades de desarrollar allí sus modelos de negocio, sobre todo los relacionados con el agua y la agricultura”.

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