''Contra la radicalización hay que crear anticuerpos de información''

ÁNGELA RODICIO, periodista corresponsal de TVE.

Por SONIA MARCO

Su abuelo le enseñó a leer con manuscritos y desde que tenía cinco años ya quería ser periodista. Ángela Rodicio lo tuvo claro y apostó por ello, marchando de su Galicia natal a Madrid para estudiar periodismo en la Universidad Complutense en los boyantes años 80, donde pudo hacer sus pinitos en la profesión probando la prensa escrita, la radio y la televisión. El medio audiovisual fue el que finalmente la sedujo cuando empezó a trabajar en RTVEen 1989, y desde entonces ha ido dando cuenta de lo que ha sucedido en Europa Central y del Este y Oriente Medio a través de sus crónicas, entrevistas y reportajes.

Ángela Rodicio minutos antes de la charla que ofreció en la sede de Casa Mediterráneo. Foto:  S. MARCO

A pesar del tiempo que lleva afincada en Madrid, desde donde viaja a medio mundo para informar de lo que pasa y dar las claves para entender los acontecimientos que nos rodean, Ángela Rodicio no ha perdido del todo el suave acento gallego con el que habló de sus experiencias en el ciclo “Periodistas y el Mediterráneo” que organiza Casa Mediterráneo y en el que colabora la Asociación de la Prensa de Alicante. 

—Terminaste la carrera de periodismo a mediados de los años 80, una época de cambios y bastante convulsa a nivel internacional...¿Qué te motivó a especializarte en este área?

—Fui corresponsal de guerra por casualidad. Mi primer viaje fue a Irak en 1988 cuando todavía estaban en guerra con Irán y colaboraba con un diario llamado “El Independiente”; preguntaron que quién quería ir a Irak y me ofrecí, y cuando llegué me enamoré de Oriente Medio. Luego me atrajo la competición y superación diaria que supone ofrecer información en una zona donde tienes que estar constantemente estudiando idiomas, en una inmersión total en el mundo anglosajón.

Con el tiempo descubrí que a pesar de mis dudas e inseguridades diarias, cuando estoy en una situación de vida o muerte, soy la persona más fría, racional y lógica del mundo, capaz de marcar los pasos a seguir, y me siguen para bien. Son cosas que descubres en el momento.

—¿Cómo fueron tus inicios en el periodismo?

—Tuve mucha suerte, porque cuando empecé a mediados de los 80, no había crisis económica en el periodismo. Todavía en la universidad, mi idea era probar todos los medios, periódico, radio y televisión, y dedicarme al que más me gustara, lo que era un privilegio comparado con la situación actual.

Luego trabajé muchísimo, porque como en cualquier profesión que quieras y elijas hay que trabajar, estudiar e intentar hacerlo lo mejor posible. Y en el caso del periodismo hay que estudiar mucho, tener curiosidad intelectual y concebirlo como un servicio público de ofrecer información veraz con datos, al margen de opiniones, que ya se las formarán los ciudadanos. Hacer crónicas claras y breves bien argumentadas con datos lleva un trabajo detrás importante.

—Desde entonces no has parado de trabajar en una carrera muy intensa.

—En mi caso he vivido para esto, ha sido muy vocacional pues ya a los cinco años tenía claro que de mayor quería ser periodista, y cuando me decían que podía ser peligroso, no sabía lo que querían decir, ni lo quería escuchar (risas).

Tuve la gran suerte de hacer lo que quería, pero en algunos momentos pagas un precio alto al convertirse esta profesión en un modo de vida más que un medio de vida. Resulta difícil establecer fronteras entre tu vida personal y profesional, lo que tiene una parte mala y otra buena, ya que dejas de desarrollar otras cosas. Pero bueno, es lo que elegí y me quedo con la parte buena. No hay que ser temerario ni inconsciente, sino tener claro que apuestas por algo.

Primer destino: el fin del bloque comunista

—La caída del muro de Berlín supuso un antes y un después para Europa. Los sentimientos, aspiraciones e ilusiones latentes de muchos centroeuropeos por pertenecer a la vecina libre, rica y capitalista Europa se vieron alcanzables. Uno de tus primeros destinos fue Europa Central a finales de los 80, ¿cómo viviste este cambio?

—Fue bastante emotivo, pues mi abuelo, que me enseñó a leer con manuscritos, era un señor muy idealista y tenía a la Unión Soviética muy mitificada. Cuando empecé a viajar a la Unión Soviética le contaba realidades como que en los hospitales no había algodón y el deseo de los países del Este de unirse al capitalismo, y él me decía: “Escucha, infórmate bien, que esto que me dices no lo veo bien”. A mí entonces me dolía hasta hacer las crónicas, pues pensaba en él y en cómo le estaba destruyendo su ideal. Al final me llegó a decir: “Bueno, como me lo dices tú, me lo creo”. Fue una experiencia hasta personal.

—Tras tres décadas del acontecimiento y con algunos países ya miembros de la UE, es llamativa la actitud nacionalista de algunos de estos países, como Hungría o Polonia, al igual que la de Austria o Italia, con la inmigración como telón de fondo. ¿Qué opinas al respecto?  

—Hace dos semanas estuve en Austria haciendo un reportaje sobre la desradicalización para Informe Semanal; entrevisté al presidente Sebastian Kurtz y hablé con personas muy interesantes. El profesor encargado del centenario de la I Guerra Mundial me dijo que ahora vivimos como la época anterior al conflicto, en el Imperio Austrohúngaro, donde vivían 50 millones de personas con 12 religiones diversas, entre ellas la musulmana de Bosnia. Aquello fue la primera globalización que acabó en la primera Guerra Mundial.

Me argumentó que ahora estamos viviendo esa época, donde la gente piensa con el estómago en vez de con la razón.En un debate público tan importante como el actual, se habla más con los sentimientos que con la razón, y es mal asunto.

La guerra de los Balcanes en directo

—Los años 90 supusieron para la zona de Europa Central y oriental una época de fe y esperanza, pero también de barbarie y sin razón. Trabajando de corresponsal en centro Europa, te encuentras con el conflicto de los Balcanes, ¿qué supuso para ti la experiencia de cubrir una guerra tan cruenta como la civil de la antigua Yugoslavia?

—Me considero una experta en Oriente Medio y desde el principio me quise especializar en este mundo. Cuando surgió la oportunidad de viajar a los Balcanes, lo concebí como el puente entre Europa y Oriente Medio y pensé que pasar una temporada allí era como hacerlo en el eslabón perdido entre ambos mundos.  

En Sarajevo estuve cuatro años, en unas condiciones muy duras, sin agua, a 40 grados bajo cero, con francotiradores disparando a lo que se moviera, pero entendí que aquella situación fue como la crisis de madurez para una Europa que tenía instituciones de adolescente, que no funcionaba, hasta que Clinton y la OTAN decidieron bombardear aquello. Entonces veías todo aquello y pensabas que el trabajo era necesario y útil, lo que fue un desafío personal y profesional.

—En una guerra, el ambiente de trabajo debe ser bien diferente de las redacciones de una delegación. ¿Qué fue lo más complicado a la hora de trabajar, y sobre todo en una época en la que era difícil ver mujeres informando desde el frente de una guerra?

—Siempre ha habido mujeres corresponsales, aunque en el 86, cuando llegué a la tele, lo que se hacía era mandar un periodista una semana al lugar del conflicto y volvía para informar de lo que pasaba durante tres meses. Lo que yo cambié es que estaba tres meses en el sitio y luego una semana en Madrid.

Me parece muy bien que se revindique la presencia de mujeres en las corresponsalías, porque lo tenemos más crudo. Mi opinión es que no sé por qué si durante nuestra etapa formativa somos iguales a los hombres y puntúan nuestra capacidad de forma objetiva, cuando llegamos a un puesto de trabajo empiezan las diferencias. Yo siempre he actuado como si no la hubiera, aunque en esto de las guerras he hecho siempre muchas preguntas por los círculos militares, donde quizás ha habido discriminación positiva y me han informado muy bien de aspectos militares técnicos. Por otra parte, mi interés no era la balística sino dónde caía el proyectil y sus consecuencias.

—Como experta de Oriente Medio, una de las zonas donde los derechos de la mujer están más diezmados en comparación con los del hombre, ¿cómo has llevado a cabo tu labor, sobre todo a la hora de entrevistar a un líder mundial o tener acceso a la información?

—Para los árabes no hay distinción de género, te tratan igual que a un compañero según sus normas de hospitalidad. Nunca he tenido ningún problema por ser mujer. El único lugar donde me he sentido como pseudohumana en el mundo entero ha sido en Japón; allí hay mucha más discriminación de género que en la sociedad árabe, donde sí hay diferencias de trato pero en el caso de ser extranjero, seas hombre o mujer.

Ángela Rodicio en un momento de la conferencia. Foto: M. GILABERTLíderes de ayer y hoy

—A lo largo de tu carrera has entrevistado a numerosos líderes mundiales. ¿Cuál ha sido el que más te ha impactado por su carisma, la situación histórica, las condiciones de trabajo, etc?

—Me encantan las entrevistas, pues hay que estudiar y preparar mucho el cuestionario y tener mucha cintura a la hora de reconducir la situación. Y ahora es más difícil, pues todos los políticos y gente importante tienen a sus asesores de comunicación y es complicado que no te respondan con fórmulas ya estudiadas. Hay que emplearte a fondo para sacar algo que no sea lo previsto, con algo de irreverencia para no dejarte impresionar por el cargo ni sentirte amilanado por alguien que habla tan bien. Hay que ir más allá, porque son gente cuyas consecuencias de sus actos lo vamos a vivir nosotros y las generaciones que vienen.

Por otra parte, los líderes son gente importante pero los más interesantes son los números dos.

—Precisamente en su día entrevistaste a un número dos que luego se convirtió en líder, como Isaac Rabin.

—Siempre he aprendido de la gente y durante mucho tiempo le tuve especial cariño a Rabin porque fue mi primera entrevista seria. Pero cuando la vuelvo a ver, con las preguntas tan simples que le hice en su día, y las respuestas tan generosas que me dio, contestando más de lo que le pedía…Fue muy amable (risas).

—¿Qué anécdotas o situaciones son las que más te han sorprendido?

—Todos me han enseñado algo, incluso el último al que he entrevistado: Sebastian Kurtz, el presidente de Austria de 33 años, producto de márketing, como el resto de populistas. Los sacan de una probeta, les asignan un asistente de comunicación y da lo mismo lo que les preguntes que todos responden lo que llevan estudiado. Pero no son ordenadores, son personas que también se equivocan y él respondió con alguna que otra contradicción, no se si me volverá a dar otra entrevista (risas).

Luego he hecho otras, como a Arafat, que me concedió una a la una y media de la mañana en Ramalla, en 2002 antes de la invasión de Irak. Le pregunté por la posibilidad de esa guerra y le recordé cuando él estuvo en Bagdag en 1991, unos días antes de que empezaran los bombardeos. Y me lo negó. Le insistí, pues lo había visto allí, y siguió negándolo. Ahí descubres cómo es una mentalidad dictatorial que no quiere ver la realidad, sólo la suya, y fue una buena lección.

En otras ocasiones, entrevistas a líderes que te dan respuestas brillantes a preguntas tontas, como el caso de la entrevista que le hice al presidente de aquel momento en Bosnia, al que le pregunté, de manera muy superficial, sobre la situación de la guerra en aquel momento. Él me contestó: “Paso a paso, en la dirección equivocada”. Y pensé: “Ya está hecha la entrevista, con cinco palabras lo ha dicho todo”.

Testigo de la Historia

—El día a día suele hacernos perder la visión de la realidad que nos rodea, y después, con perspectiva, vemos lo que hemos vivido y cómo. De tu larga carrera, ¿cuál ha sido el hecho histórico que más te impactó en su día?

—Muchísimos. Pero una de las cosas que más me marcó fue el golpe de estado a Gorvachov en agosto de 1991 en Moscú. Vi que los que de verdad lo hacían eran un puñado de gente; había mucha más mirando por las ventana que en la calle, y ahí me di cuenta de cómo se hace la Historia: unos pocos pasan a la acción y la mayoría miran. Y al cabo de un mes hice un reportaje del PCUS, el partido que un viernes era el de más afiliados del mundo y el lunes siguiente no tenía ninguno. Fuimos al Kremlin y entramos por la puerta que daba acceso al comité central del PCUS y no había nadie. Después de más 70 años en el poder, se esfumaron porque no había oportunidad. Mientras la hubo, estuvieron allí.

—¿Cómo ha digerido el capitalismo la antigua URSS?

—Desde el 92 no había vuelto, y el año pasado hice un reportaje de un viaje en tren de 24 horas entre la ciudad natal de Lenin hasta Ekaterimburgo, donde mataron al zar, preguntando a la gente sobre los 100 años de la revolución rusa. Había opiniones de todo tipo, y un general retirado me dijo “cuando estaba Lenin no había Dios, ahora nadie habla de Lenin, todo el mundo reza y ha vuelto Dios”. Así hizo el resumen de todo un siglo.

Cuando llegamos al lugar donde habían muerto los zares, ahora convertidos en víctimas, lo primero que me preguntó el obispo es qué pasaba en Cataluña, porque la televisión rusa habla mucho del tema, lo que denota un interés claro de Rusia en dinamitar la Unión Europea. Como dijo otro señor en este viaje, la disolución de la Unión Europea es como la disolución de la URSS: una noche se acostaron con 17 repúblicas y al día siguiente se levantaron siendo sólo rusos. Ante ese complejo de que occidente les humilló y menospreció, Putin les ha devuelto el orgullo, a pesar de su talante como dictador.

Periodismo en tiempos digitales

—Internet y las redes sociales han supuesto una revolución a la hora de transmitir información en tiempo real. Los políticos, lobbys y líderes mundiales hacen uso de las redes sociales para transmitir su mensaje, abocándonos a una era donde resulta más difícil que nunca separar el grano de la paja. ¿Qué opinas de este fenómeno?

—Lo de la posverdad, las fake news…, eso ha existido desde que el mundo es mundo y se llama bulo. Una noticia falsa es un bulo y la gente que más lo usa es la que te pretenden convencer de algo porque le interesa. Pero Trump no es el peor, es tan obvio que no es el peor. Tienes que dar los instrumentos para que todo eso se caiga por su propio peso, y en nuestro caso se trata de informar con datos, con una pizca de pimienta, para que después los ciudadanos reflexionen.

—La crisis de 2008, la irrupción de las redes sociales y el abaratamiento de costes con los smatphones han marcado un antes y un después en nuestra profesión. La sangría de puestos de trabajo ha sido constante en la última década y las corresponsalías han quedado diezmadas, con el free lance como figura referente de la actualidad internacional. ¿Cómo ves esta nueva situación?

—Ya no se cubren las cosas como antes, cuando te ibas un mes a Sarajevo e informabas; ahora como mucho te mandan dos días. En mi caso, como tengo mucha experiencia, en tres días puedo hacer algo, pero si le dices a alguien que acaba de empezar que cubra una información en ese tiempo, si no entiende lo que está pasando, no te lo va a poder explicar bien. Es una gran tragedia. Y ya no se respeta la profesión como antes, el periodismo independiente y objetivo, ahora hemos perdido la credibilidad porque todos los medios tienen detrás unas lacras que son a quién pertenecen, y en ese sentido hemos echado muchas piedras contra nuestro propio tejado.

Portada del libro "Las novias de la Yihad", de Ángela Rodicio. —En tu último libro “Las novias de la Yihad”, premio Espasa de ensayo 2016, hablas de la radicalización de jóvenes europeos captados a través de las nuevas tecnologías.

Este libro es el resultado de muchos años de trabajo, estuve en universidades inglesas, en Irak, que ya conocía, con mucha gente que habló en off the record. El problema de la radicalización es que desde pequeños los niños tiene acceso a la información a través de Internet sin supervisión de sus padres, pero hoy día son vulnerables a la radicalización tanto un niño o un adolescente que se van con el Estado Islámico, como un padre o una madre que vota a un populista, es el mismo fenómeno. Hay que informar bien, crear anticuerpos de información y lectura, siendo conscientes de los peligros en los que se vive, con comunicación, empezando en la misma familia, y con ello será más difícil que les laven el cerebro. En Austria hay grupos que lo están haciendo con videos bien hechos destinados a adolescentes y niños.

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