''Una parte de mí muere en cada guerra''

GERVASIO SÁNCHEZ, fotoperiodista.

Por ALMUDENA AGULLÓ

Gervasio Sánchez (Córdoba, 1959), periodista y fotógrafo especializado en guerras, lleva 40 años viajando a zonas de conflicto de todo el mundo. América Latina, las derivadas de la división de la Antigua Yugoslavia y África, entre otras. Implicación, compromiso, sensibilidad, empatía con las víctimas, con el sufrimiento ajeno y respeto a todo cuanto narra definen su forma de trabajar.

Gervasio Sánchez en un momento de su conferencia en Casa Mediterráneo. Foto: RAFA MEERTENSReconocido nacional e internacionalmente y premiadísimo, Gervasio Sánchez ha visitado Alicante para inaugurar el ciclo "Fotoperiodistas del Mediterráneo", organizado por Casa Mediterráneo, con la conferencia “Los ojos de la guerra”.

—Toda una vida cubriendo conflictos armados. Ha publicado sus crónicas y fotografías en muchísimos medios de comunicación ¿cuál siente que es su casa?

—“Heraldo de Aragón”, sigo escribiendo para ellos. Ahora en marzo hace 31 años que empecé a colaborar con el periódico; de hecho, en 1987 publiqué mis dos primeros grandes textos con motivo de la visita del Papa Juan Pablo II al Chile de Pinochet. Hice una historia sobre el Chile que el Papa no iba a ver, el que no le iban a enseñar,  y otro sobre la violación de derechos humanos en el país que tuvo bastante impacto. Así empezó mi relación con el Heraldo de Aragón.

—Para pagar sus primeros viajes a lugares de conflictos armados trabajó de camarero…

Sí, trabajé de camarero durante 17 temporadas de mi vida, 17 veranos de mi vida, es decir, de los 15 hasta los 31 años. Trabajaba en un chiringuito en la playa principal de Tarragona, la playa del Milagro, y era una terraza gigantesca y ahí servíamos paellas, chuletas, filetes, de todo. En temporada alta, en verano, trabajábamos muchísimo y, claro, como no podíamos gastarlo porque sólo trabajábamos, pues esos ingresos me permitieron estudiar Periodismo en Barcelona. La carrera la pagué de mi bolsillo, si no, no me habría resultado posible ir a Barcelona a estudiar la carrera durante cinco años.

—¿En sus comienzos como periodista también dependió de esos ingresos?

—Sí, me pagaba los viajes con ese dinero y luego intentaba recuperar la inversión con mis reportajes, al publicarlos. Cada vez que paso por esa playa la miro y, aunque ya no está esa terraza en la que tanto trabajé, pienso que gracias a ese chiringuito soy quien soy.

—No se olvida de su origen…

—Exactamente. Yo tuve que trabajar desde muy pequeñito, con 15 años de camarero, pero antes ya había tenido otros trabajos. He sido un niño trabajador.

—¿Por qué estudió Periodismo?

—Soy periodista porque, cuando era un crío, coleccionaba sellos, empecé a coleccionarlos antes de cumplir los diez años, y los sellos me permitían viajar con la mente a sitios que yo no conocía. Por ejemplo, veía un sello de Emiratos Árabes y yo me quería ir a Emiratos Árabes; me sabía las capitales de todos los países del mundo; es más, gracias a los sellos empecé a interesarme por las capitales del mundo y no sé por qué razón algún día, cuando tenía 12, 13 ó 14 años, llegué a la conclusión de que los periodistas viajaban. Yo quería viajar a los lugares de mis sellos y pensé que el periodismo me permitiría viajar.

Gervasio Sánchez expone al público sus experiencias como fotoperiodista. Foto: MARÍA GILABERT / ALICANTE MAG—¿Por viajar más que por escribir, contar historias o informar?

—Sí, bueno, me gustaba mucho leer, me gustaba también escribir. Hay un dato que lo explica todo, con 15 años era el único estudiante de mi instituto que iba con un periódico debajo del brazo, que compraba cada día religiosamente. Tengo que confesar que era un periódico deportivo pero lo leía de punta a punta. Recuerdo que me costaba 4,5 pesetas cada periódico cada día y, en vez de gastar ese dinero en chuches, me lo gastaba en el periódico.

—¿Toda una declaración de principios e intenciones?

—Sí, cuando llegué a la Universidad, con 19 años, tengo compañeros que todavía se acuerdan de mí, de esos primeros momentos en la facultad en que comentabas con otros a qué te gustaría dedicarte, y  esos compañeros me dicen que yo era el único que tenía claro lo que quería hacer: trabajar en zonas de conflicto.

—¿Cómo le gusta que le definan o definirse? Corresponsal de guerra, periodista especializado en conflictos, fotoperiodista, periodista, fotógrafo, reportero gráfico…

—Soy fotógrafo y periodista especializado en conflictos pero a mí esta coletilla de corresponsal de guerra nunca me ha gustado y, de hecho, soy uno de los pocos periodistas y fotógrafos que ha estado en tantas guerras que nadie pondría en cuestión esa coletilla en mi caso. Pero estoy harto de encontrarme gente que se autodefine como fotógrafo o periodista de guerra o corresponsal de guerra y apenas ha conocido la guerra, apenas ha estado en los aledaños de la guerra y creo que es importante tener eso en cuenta.

—Un trabajo muy duro, sin duda…

—El oficio de periodista es muy duro. Para mí el periodismo es sagrado, es tan importante para la sociedad como la educación o la sanidad y una sociedad sin buen periodismo como es la española, la valenciana o la alicantina, está totalmente condenada a la manipulación y al fracaso.

Siempre he puesto entredicho que la comunicación es una cosa y el periodismo lo contrario: el comunicador dirá lo bien que lo hace la empresa tal, el gobierno tal o el partido tal y periodista debe de buscar las contradicciones y demostrar que esa empresa, ese gobierno o ese partido no lo hacen tan bien, es decir, el periodista debe vigilar al poder, no ser su mejor amigo.

—¿Y cómo fue su salto a la fotografía?

—Estudié Periodismo pero nunca hice un curso de fotografía, de hecho, ni siquiera sé revelar. Me gustaba viajar, para mí viajar era mostrar y por eso me compré mi primera cámara fotográfica. Cuando volvía de los viajes, organizaba tertulias con mis amigos y les enseñaba las fotos y así fueron mis inicios como fotógrafo. A veces miro esas fotos que tengo en mi casa guardadas y pienso qué malo eras (risas).

—En sus trabajos, texto y fotos son un todo…

—Sí, he trabajado siempre de manera complementaria, me gusta hacer las dos cosas, texto y fotografía y lo hago desde hace 30 años, no como ahora que te obligan a hacer todo y por el mismo precio. Es una fórmula muy curiosa porque cuando tienes muy buenas fotos dedicas menos tiempo a escribir y cuando tienes unas fotos que no funcionan tan bien, al revés.

—Toda su vida profesional ha sido independiente, es decir, ha trabajado como freelance…

—Sí, no he cobrado nunca una paga extra (risas). En 1984, cuando yo acabé Periodismo, todos mis compañeros tenían trabajo, algunos incluso dejaron de estudiar para trabajar; entonces podías durar seis meses o un año siendo freelance y al año, a menos que fuera un desastre, tenías trabajo. El problema grave es que se ha multiplicado el número de facultades y eso ha hecho que las cosas se hayan complicado muchíiiiiisimo, pero yo soy freelance porque no quería esperar diez años en una redacción, calentando el asiento para que alguien me dijera, oye te vamos a mandar a tal sitio. Yo quería ir para ver qué pasaba y escogía mis destinos.

—¿Cómo se convive con la guerra, con los conflictos, se pone uno una barrera emocional?

—No, en mi caso no, no me quiero pegar el farol, pero yo no trabajo con barreras, si hubiera llegado a la conclusión de que este oficio ya no me golpea, ya no me interesa lo habría dejado y además creo que habría sido un buen directivo de una empresa porque trabajo 24 horas al día, con lo cual soy un chollo para una empresa (risas). Para mí es fundamental ir a lugares donde pasan cosas brutales, obscenamente brutales, violencia descomunal -acabo de llegar de Guatemala- y acudir por el impacto que genera esa violencia en mi interior. ¿Por qué? Porque si no lo sientes, no lo vas a poder transmitir con decencia. No importa si haces muy bien las fotos, si das muy bien en la tele, si eres muy simpático o si hablas muy bien en la radio…tienes que ir dispuesto a que algo de ti muera para siempre en cada conflicto armado, te lo digo como lo siento. Una parte de mí muere en cada guerra. Nunca he trabajado con barreras, nunca y, cuando me encuentro compañeros que me dicen que están cansados de la guerra, les digo que lo mejor que pueden hacer es marcharse y que llegue otra persona con más sensibilidad a hacer los trabajos, esto es muy importante.

—¿Cuál es el peor momento de cubrir a una guerra?

—Para mi el peor momento de ir a una guerra es darle al cero en el ascensor de mi casa. Ahí me pregunto: ¿Qué coño se me ha perdido a mí en la guerra? O voy allí por razones de peso o no aguantaría, como se dice vulgarmente, ni un telediario. Tienes que creer en lo que haces y tienes que creer que tu trabajo va a servir para documentar lo que ocurre en zonas de conflicto, para que nadie diga que no sabía lo que estaba pasando.

Con el paso de los años uno llega a una triste conclusión: mi trabajo no va a cambiar nada, pero sí es verdad que tengo a muchos de mis amigos importantes muertos en zona de conflicto. Entonces yo creo que es bueno que siga haciendo este trabajo al menos por lo que significa para ellos o por lo que harían ellos si estuvieran en mi lugar. ¿Y si el muerto hubiera sido yo en vez de ellos?

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