El triunfo de la posverdad

RAFA TORRES

Posverdad (post-truth) ha sido la palabra del 2016. Primero fueron los responsables del Diccionario Oxford quienes le concedieron este título. Luego se han ido sumando medios de comunicación, sociólogos, analistas políticos…hasta conseguir convertir este neologismo en el término de moda. ¿Y qué es la posverdad? Pues, según el diccionario antes citado, se define como la “circunstancia en la que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Es decir, nos dejamos llevar por nuestras pasiones y dejamos a un lado la razón. Y ha sido 2016 el año que ha visto cómo se desataban estas pasiones.

 

Un taxista británico ondea una bandera de su país con una europea al fondo. Foto: HANNAH MICKAY / EFEEl fenómeno ha cobrado fuerza gracias al hartazgo de la gente ante lo que se considera una clase política tradicional incapaz de dar soluciones efectivas a la crisis global por la que estamos atravesando. La verdad es que siempre ha sido así: políticos populistas aprovechan momentos de desasosiego social para alzarse con el poder. Pero nunca, hasta ahora, los ciudadanos habíamos tenido tantos medios para conocer la realidad y aun así optamos por los cantos de sirena de los líderes de la posverdad.

 

El miedo al diez por ciento

Un ejemplo claro fue el referéndum para ratificar el acuerdo de paz alcanzado en Colombia entre el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y la guerrilla de las FARC para poner fin a una guerra que durante 50 años ha devastado ese país. Se suponía que la gran mayoría de colombianos estaba contenta con acabar con esa sangría. Sin embargo, apareció el ex presidente Álvaro Uribe abriendo la caja de los truenos, empleando las más seductoras formas del populismo y esgrimiendo una posverdad de libro: si se ratifica la paz, en las próximas elecciones las FARC gobernarán Colombia.

 

El jefe de las FARC tras el acuerdo de paz. Foto: CASTAÑEDA / EFEVamos a ver, si esta la sé hasta yo. Si resulta que el 90 por ciento de los colombianos rechazan a las FARC, ¿cómo es posible que el 10 por ciento restante (aunque fueran todos a votar ese día) gane los comicios? Pues Uribe consiguió el pasado mes de octubre que todos creyeran que 10 es más que 90 y se alzó con la victoria del no a la paz.

 

Y es que entre las pasiones que desata la posverdad hay una que predomina claramente y que saben utilizar astutamente los políticos popullistas: el odio. Así, en Colombia, cogiéndose como a un clavo ardiendo al peregrino argumento de un hipotético y claramente improbable futuro gobierno guerrillero, miles de colombianos fueron a votar con el claro ánimo de fastidiar a las FARC, aunque de paso se fastidiasen ellos mismos. (Menos mal que en Colombia, un mes después, se alcanzó un nuevo documento de paz).

 

Aquí tenemos otro de los puntos clave de la posverdad y que hace fracasar a todas las encuestas de intención de voto. Muchos consideran en su fuero interno que lo que van a hacer es inconfesable. Un importante porcentaje piensa que lo que va a votar es una barbaridad y que atenta contra el sentido común, pero como ya no cree en los partidos que han gobernado en los últimos años apuesta por lo estrambótico a ver si suena la flauta por casualidad.

 

Tazas y figuras con la imagen de Trump. Foto: JUSTIN LANE / EFE

 

La gran muralla americana

Claro resultado de esto es la elección, el pasado mes de noviembre, de Donald Trump para ocupar la presidencia de los Estados Unidos de América. El conocido hombre de negocios de dudosa trayectoria supo atraerse a un electorado descontento a base de propuestas xenófobas y de mentiras flagrantes. Como muestra, dos ejemplos. Para el odio xenófobo tenemos el tan renombrado muro con México para que no entren violadores y delincuentes, proyecto que ha atraído incluso a descendientes de mexicanos afincados desde hace algunas generaciones en los EE.UU. Respecto a las mentiras, reiteró en campaña (cada vez diciendo una cifra disparatada, pero nunca la misma) que el paro es el peor problema del país, cuando la realidad es que se encuentra por debajo del 5 por ciento, lo que técnicamente se considera que no hay desempleo real. Pero da igual la verdad, le creyeron. Y la suma de estas dos propuestas (junto con el hecho de que ha prometido multiplicar la obra pública) conduce a una paradoja: ¿de dónde va a sacar los trabajadores necesarios para realizar tantas construcciones si corta la inmigración?

 

Trump, el Brexit o el referendum de Colombia son ejemplos del triunfo de falsos argumentosPero las contradicciones no han preocupado nunca a Trump, para ellas tiene una solución, que es otro de los pilares de la posverdad populista: la conspiración. Bien es cierto que este es un recurso ampliamente utilizado históricamente y que apunta a diferentes conjurados según sea el signo político de cada cual: el marxismo internacional, los judeo-masones, el capitalismo imperialista…Pero ahora tiende a señalar no a grandes grupos, sino a una pequeña camarilla siempre oculta e indefinida, como es el impreciso poder fáctico. En lo único que hay unanimidad en señalar como culpable de toda conspiración, tanto antes como después, es a la prensa: no hay nada que teman más que una prensa libre que pueda desvelar sus tejemanejes.

 

En el caso de Trump todos los medios estadounidenses destacaron sus falacias, pero claro… somos unos conspiradores. Solo dos fueron fieles al magnate, uno de ellos el claramente imparcial y veraz órgano oficial de información del Ku Klux Klan… 

 

El dinero que nunca existió

Donde la prensa estuvo más dividida (está visto que conspiramos con los dos bandos) fue en el Reino Unido. Los creadores del término posverdad nos dieron una lección magistral durante la campaña del referéndum celebrado en junio para separarse de la Unión Europea. Los dos grandes líderes del movimiento secesionista, el ultranacionalista Nigel Farage, y el populista conservador Ben Johnson, se hartaron de decir que si ganaba el no iban a destinar a los fondos de la Seguridad Social británica los 430 millones de libras que el Reino Unido daba todas semanas a la UE. Y cuando triunfó su propuesta no tuvieron ningún reparo en confesar que era mentira, que el déficit no era tanto y que, desde luego, a la Seguridad Social no iba a ir ni un penique. Y aquí paz y después gloria.

 

El otro gran lema del Brexit: si se sale de la UE no vendrá ningún emigrante, también resultó un brindis al sol. Farage y Johnson tuvieron que reconocer que si Gran Bretaña quiere seguir vendiendo en los mercados europeos tendrá que aceptar la libre circulación de personas. Como consuelo a tanta desvergüenza queda el hecho de que Farage tuvo que dimitir como dirigente de su partido. Por el contrario, Johnson fue recompensado con el cargo de ministro de Asuntos Exteriores en el nuevo gobierno de Theresa May, quien sucedió a David Cameron, que tuvo que dimitir después de haber tenido la brillante idea de convocar tan fatídica votación.

 

Geert Wilders en uno de sus discursos. APAEl campo frente a la ciudad

Y es que las urnas, en esta época de descontento, las carga el diablo. Lo de menos es lo que se pregunta, lo importante es demostrar el desacuerdo con el gobierno de turno y los poderes fácticos (esos conspiradores). Así, muchos británicos tras conocer el resultado afirmaron que habían votado a favor del no para manifestar su descontento, pero confiando en que iba a ganar el sí. Pero estos aprendices de profeta no tuvieron en cuenta otro fenómeno: cada vez se distancia más el voto rural y de las pequeñas poblaciones del de las grandes urbes. Mientras Londres y las principales ciudades votaban por la permanencia, zonas rurales como el Yorkshire o Gales se volcaban en el no y finalmente decantaron la balanza en este sentido.

 

Algo similar pasó en Estados Unidos, donde los grandes núcleos de población votaron a favor de Hillary Clinton en tanto que la América profunda del Medio Oeste y otras zonas rurales apostaban por Donald Trump.

 

Este triunfo del campo frente a la ciudad también ocurrió en Holanda, donde un referéndum celebrado en abril tiró por tierra el tratado de libre comercio entre la UE y Ucrania, que además incluía la profundización de las reformas democráticas en el país caucásico. En este caso, la gran estrella fue  Geert Wilders, xenófobo líder del Partido por la Libertad y condenado en diciembre por incitación al odio racista contra los musulmanes.

 

Como ya viene siendo habitual, el miedo a una inmigración masiva que iba a dejar sin trabajo a los holandeses fue el argumento esgrimido con éxito. No obstante, el referéndum fue válido por los pelos ya que sólo votó el 31 por ciento del electorado, siendo necesario un 30 por ciento para que sea considerado legal. Y es que es fácil tocar la fibra xenófoba, sobre todo en un país donde no sólo hay gente de buen rollito que va fumada y en bicicleta, también hay que recordar que los holandeses son los padres del apartheid y que en Indonesia consideraron a la población como especie subhumana.

 

Y es que populistas y artífices de la posverdad han encontrado el chollo de apelar a nuestros peores instintos en época de crisis. Y, en 2016, se han salido con la suya…

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