Llorones y corruptos

VICENTE CLIMENT

Para analizar lo que ha dado de sí la acción del gobierno valenciano en 2016 lo primero que habría que preguntarse, en mi modesta opinión, es cuánta gente sabe qué es el Pacto del Botánico, del Botànic en versión valenciana, y por qué la elección de ese nombre. A juzgar por un titular de hace unos meses del diario Información sobre “el pacto del Consell”, la respuesta a la primera pregunta es “no tanta”, al menos en Alicante.

 

Mónica Oltra y Ximo Puig en la presentación del balance de su primer año de gobierno conjunto. Foto: @ximopuigferrer Supongo que, entre otras cosas, porque ni siquiera los valencianos de Valencia visitan con la frecuencia y la abundancia que deberían su jardín botánico, uno de los mejores de España. La bucólica referencia verde está bien escogida por eso, por ecológica, lo que empuja a evocar la depredación medioambiental cierta o supuesta de épocas anteriores (Blasco y González Pons se jactaban de la enorme cantidad de terreno protegido que había en sus épocas de consellers de territorio en la Comunidad). Pero también porque no sé si saben ustedes que el jardín botánico de Valencia está a dos pasos de la sede autonómica del PP, lo que potencia el simbolismo del histórico acuerdo de la izquierda valenciana.

 

Compromís tenía que haber sido la minoría valenciana capaz de convencer que toca acabar con el corredor MediterráneoHistórico, y complicado, porque implica a PSPV abstencionista, PSPV del no es no, Iniciativa, Gent de Compromís, Bloc Nacionalista, Verds, Independientes, EU, Podemos pablista, y Podemos errejonista. Y conjugar los intereses de todos ellos ni es, ni ha sido, ni será fácil. Admiro sinceramente al muñidor Pasqual Mollá, el Ciprià Císcar del siglo XXI. Aunque el mérito público hay que adjudicárselo claramente a dos personas: Ximo Puig, el presidente de último recurso, el que cogió el tren la primera y última vez que lo iba a ver en su larga carrera política, y Mónica Oltra, la vicepresidenta que, sin RTVV que diera fe de la acción de gobierno, ganaba cuatro años de teles y forums nacionales para enfrentarse en condiciones de ganar en 2019 al PP de Isabel Bonig, su enemiga natural. Oltra es bifronte. Para algunos, bífida (imagino en ese lapsus a Juan Cotino, no sé por qué). Bifronte, porque tiene dos perfiles: el demoledor, martillo de herejes que machaca en mítines y programas afectos como antes taladraba en Les Corts a golpe de camiseta, y el suavesuave (gotxo-gotxo, que dirían los vascos euskaldunes) con que se maneja -cruz al cuello en 13TV ante los auditorios más temerosos y menos favorables. Su voz -que tan bien modula- le acompaña. Su instinto, también. Falta ver por cuánto tiempo lo hará la suerte de verse aupada a tan altas magistraturas -como la que desempeña y la que pretende- a lomos de tan pequeña opción política, a la que la torpeza del PP hizo sin embargo enorme.

 

Tengo para mí -y sé que no soy el único- que Compromís, o sea, Oltra, ha dejado pasar su gran oportunidad: la de pactar con el PP. Sí, sí, como lo leen: la mejor opción que tenía Compromís para ser de verdad transversal, que es la única manera de llegar al 19 asegurando convenientemente los votos prestados por un PP y un PSOE incapaces durante años de rascar nada en Madrid para la Comunidad Valenciana (monopolizar la izquierda frente a un partido centenario yo lo veo imposible), era acordar su abstención para la investidura de Mariano Rajoy a cambio de infraestructuras, que es lo que hacen cuando tocan Presupuestos Generales del Estado los tan poco estatales PNV o en su día CiU. Compromís tenía que haber sido la minoría valenciana capaz de convencer a autoridades y medios de comunicación mesetarios de que antes que el rescate de las radiales o las obras de los aves a estaciones vacías toca acabar el Corredor Mediterráneo, del que ha de comer toda España. Galicia y La Mancha -lo siento- no exportan. Y las ventas al exterior son, con el turismo, nuestra vida. Pero claro, como en el seno de Compromís hay tantas sensibilidades, pues importa más hacerse adalid de la lucha contra el cambio climático en el Congreso que reinvindicar allí especificidades valencianas. A mi entender, un error histórico. Para ellos, y para todos nosotros. Tanto partido emergente, tanto fin del bipartidismo, y al final estamos donde estábamos: en manos de nacionalistas. ¿Por qué no de nacionalistas valencianos? Algunos altos dirigentes de la coalición lo lamentan en privado.

 

En el PSPV hay una imagen institucional poco propicia al barro político donde Oltra y Bonig pescarán a río revueltoEn el PSPV lo que pasa es que no hay delfín, sino tiburones. Ni lo puede haber hasta que no quiera el President, que, por fuerza, va a proyectar siempre una imagen institucional poco propicia al barro político en el que se van a mover las animosas, correosas y fajadoras Oltra y Bonig, las que pescarán a río revuelto. Y cuando Puig se anime puede que sea tarde. O que no tenga más remedio que volver a presentarse él. Con Antonio Montiel, el líder de Podemos, pasa algo parecido: demasiado vestido de domingo, además de que siempre amaga con romper pero nunca se decide/atreve. Es apoyo del Consell a la vez que su oposición. Pero igual de mayor quiere ser del coqueteo con la crítica y el anuncio de mayor control nada menos que a las políticas sociales del gobierno autonómico, las que dirige personalmente Oltra, las del “rescate de personas”. Prosopopeya no le falta a un ejecutivo que se propone -y en parte hace- eso, rescatar personas (deshaucios, pobreza energética, renta mínima, dependencia, amiguetes), aunque informes como los que nos ponen a la cola de España en municipios pequeños pobres y con servicios sociales precarios, con los salarios a la baja durante el último año, enmienden esa plana. Y que tiene una consellería de sanidad universal, ampliable a galáctica, dispuesta a repartir tantas tarjetas como sean capaces de imprimir. Y claro, luego vienen los tribunales y dicen lo que dicen. No sólo en sanidad (vamos a ver en qué queda el fin de las concesiones hospitalarias), también en economía (comercio), con el exalcalde Climent subiendo y bajando persianas a golpe de ocurrencia. O con el profesor Marzà, empeñado en relegar los conciertos (lo que restringe la libertad de elección y unificará en la práctica el modelo educativo) y extender la lengua todo lo que dé de sí. Por el contrario, las conselleras de Justicia, Vivienda y Agricultura van camino de pasar a los anales de la Generalitat sin haber hecho casi ruido. Y Alcaraz, de hacerse invisible a los dos años de tanta transparencia en el primero.

 

Pero con todo, si algo esta caracterizando al Consell del Botànic (“del Titànic” para los populares) es su oposición a la oposición, es decir, a un PP que no gobierna desde hace año y medio, y su encarnizada lucha por conseguir una financiación autonómica justa para los valencianos. Para lo primero, Oltra se las pinta sola, aunque el resto le haga el coro. Empezando por Puig, que antes incluso de formar gobierno se trajo a la Comunidad a los barones del PSOE para firmar un pacto contra la corrupción, como si en Barcelona, Sevilla o Madrid no la hubiera en mayor cuantía, dando alas así a lo que el resto de España piensa: que los corruptos son todos valencianos, y que los valencianos somos esencialmente corruptos, razón por la que pedimos que los demás nos den otra vez el dinero que no hemos sabido administrar. Y mientras Oltra siga creyendo que a la Comunidad se le promociona alimentando esa tesis en Madrid (encrucijada de caminos en donde no distinguen a los valencianos buenos que ahora rigen nuestros destinos de los valencianos malos de Camps y Fabra), ni levantaremos la famosa “hipoteca reputacional” ni el conseller de Hacienda convencerá a nadie en su cruzada por la pasta. Y nos quedaremos como estamos: con fama de llorones y corruptos.

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