Fin del bipartidismo, ¿fin del sistema?

JAVIER MONDÉJAR

Cuando se produjo lo recibí como un gran avance: la alternancia en el poder tenía los días contados, los grandes partidos habían tocado techo y ya nadie sería capaz de aplastar con el rodillo de la mayoría absoluta. Visto en perspectiva  era incluso emocionante que el Partido Popular tuviese rivalidad entre sus propios votantes ideológicos y que el Socialista sumase a los grupúsculos que lo habían minado por la izquierda, una organización con sentido histórico y vocación de gobierno, más allá de la presencia testimonial del Partido Comunista.

 

Hemiciclo del Congreso de los Diputados durante el discurso del Rey Felipe VI, que presidió la apertura de la XII Legislatura. Foto: J. GUILLÉN / EFEDos años y pico después se ve que la cuestión no era tan sencilla y que manejarse en unas nuevas circunstancias va a costar. Se atribuye la frase a Gramsci: cuando lo nuevo no acaba de nacer y lo viejo se resiste a morir. Con el bipartidismo muere una forma de hacer política y a lo mejor hasta el propio sistema está en riesgo.

 

Las estructuras políticas sin excepciones son máquinas preparadas para aplastar a los disidentes. Sólo los leales con vocación perruna tienen sentido en organizaciones monolíticas, sean de derechas, izquierdas o mediopensionistas. Sin duda, los partidos sin oposición son nidos de corrupciones y de corruptelas, de mirarse el ombligo y olvidarse del bien común. Era por ello una buena noticia que, ya que los partidos no iban a implosionar para abrir las ventanas y las puertas al aire de la calle, otros las hicieran estallar desde fuera, y que en el poder, como en las fiestas, cuantos más fuéramos más nos divertiríamos. A la hora de la verdad, el fin del bipartidismo ha provocado una gran debilidad del sistema político, que se abre por las costuras en temas fundamentales donde sólo se había mantenido el consenso por la férrea estructura interna, pero que ahora –cuando son más los opinantes- más resultan los discrepantes. Por ejemplo en los temas de nacionalismo. Por ejemplo en el planteamiento monarquía/república.

 

Nada se libra de un escrutinio que no es habitualmente producto de la reflexión serena sino de la visceralidad, de la estrechez de miras, de los revanchismos y donde el que más grita –en las redes sociales que son el altavoz- se lleva el gato al agua. Puede ser que el fin del bipartidismo nos lleve a la inacción y a unas sopas de letras políticas donde sea imposible ponerse de acuerdo, de momento lo que ha conseguido es que las estructuras históricas de los partidos de siempre se unan frente al enemigo común, que no es ni Podemos ni Ciudadanos. Es mucho más peligroso que hacer frente a unos nuevos partidos; para el núcleo duro del PP y del PSOE, ellos son el caos, los bárbaros que quieren acabar con la civilización.

 

En el fondo lo que se está cuestionando es el propio sistemaEn el fondo, lo que está en cuestión es el propio sistema: quién es establishment y quién no, cómo se negocian los grandes temas y a quién se da entrada en los cenáculos en los que se decide la hacienda y la vida del pueblo llano. Es evidente que desde los grandes grupos de comunicación a los bancos o las grandes empresas hay una alergia a los cambios y una resistencia feroz ante voces difíciles de manejar, y no porque sean reacias al diálogo sino porque llevan detrás una cultura asamblearia y vocinglera que se aviene mal con los pactos de estado y con reconocer al sistema sus bondades, que también las tiene. Cuando se empieza a cuestionar a los romanos, como en “La Vida de Brian”, todo es rechazable por principio hasta que se reflexiona si los acueductos, la seguridad, los caminos, etc, no serán elementos a mantener fuera del enfrentamiento.

 

Pero mientras las bases piden la demolición y levantan los adoquines para ver si debajo está la playa, son cada vez más los que se atrincheran en sus barricadas y opinan que modificar cualquier cosa, hasta la más nimia, supone abrir un melón de consecuencias imprevisibles. Y tan conservador es un dirigente socialista de siempre como uno del pepé, porque esta ofensiva no es de izquierdas ni de derechas, en realidad es a favor o en contra de los principios de la Constitución del 78, que mal que bien nos ha traído hasta aquí, pero que tiene goteras y grietas como para hundir el edificio si no afrontamos

una rehabilitación con garantías.

 

La pasta dentífrica no se va a poder meter de nuevo en el tubo, así que será mejor que los nuevos y los viejos se pongan a buscar fórmulas de encuentro en vez de políticas de confrontación. El bipartidismo no deja de ser una fórmula que cuajó en un tiempo político muy determinado -como la alternancia entre Cánovas y Sagasta en el siglo XIX- nada que no fuese

removido y sustituido. Falta por ver si los recién llegados a la cena son capaces de servirse del plato sin tirar los cubiertos, ni siquiera se les pide que manejen bien la pala de pescado.

Submit to FacebookSubmit to Google PlusSubmit to TwitterSubmit to LinkedIn