El PSOE, entre costuras

PEPE LÓPEZ

Cada cierto tiempo el PSOE amenaza con descoserse y parece condenado a remover sus viejos fantasmas. Esas dos almas que le confunden. La que mira a la izquierda y aquella otra que prefiere coquetear con el conservadurismo patrio. Sucedió otras veces –en la dictadura de Primo de Rivera, en la Revolución de 1934, en la Guerra Civil… - y ha vuelto a suceder ahora.

 

El ex secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, comunica su renuncia a su escaño de diputado. Foto: PACO CAMPOS / EFEEn ese dilema de medias verdades anda enzarzado el socialismo desde que Pedro Sánchez tomara las riendas del partido y fuera descabalgado en un golpe de tintes cuarteleros. Y es que si las palabras a veces ocultan más que dicen, las de Odón Elorza en Alicante a principios del pasado diciembre, pueden ser de esas: “En mi partido, el PSOE, hay gente a la que ya no le preocupa que cada vez seamos menos”. Se refería (solo) a los militantes y fueron pronunciadas en un acto en el Club Información organizado por Socialistas por el Cambio y Fórum per Alacant y dirigido, sobre todo, a esa parte de la militancia que anda desconcertada, muy desconcertada. Y esto sucede posiblemente porque el partido que más años ha gobernado este país desde la recuperación de la democracia, se encuentra ante un futuro lleno de nubarrones y en un peligroso cruce de caminos.

 

Esto –el desconcierto de la militancia- es casi lo único cierto. Todo lo demás son supuestos. Y esas dos direcciones son, a día de hoy, o así parecen, contrapuestas y sin vasos comunicantes por el tono del debate, por lo que se dice y por lo que algunas palabras dejan entrever. Sólo hay que escuchar la pesadumbre y las gruesas palabras de esa militancia aturdida contra algunos de los dioses caídos como Felipe González, para darse cuenta de la profundidad del roto, de la sima que parece separar a una parte de la militancia de la gestora que hoy dirige (es una manera de decirlo) el partido. Pero quizás para poder entender algo de lo que sucede dentro del PSOE de ahora sería conveniente poner la lupa, aunque sea de manera breve, a su propia historia durante el pasado siglo. Quizás –solo es una posibilidad- aquello logre explicar esta deriva. Un capítulo este más de esa búsqueda casi eterna de la dirección correcta que acaba enfrentando a unos contra otros.

 

En la organización política que fundara Pablo Iglesias allá por 1879 y que durante sus cien primeros años aparecía en su frontispicio aquello de “obrero, socialista y marxista”, y a la que Felipe González recién salido de Suresnes le quitara de golpe y porrazo su tercera pata, la marxista, parecen haber cohabitado desde siempre esas dos almas ideológicas. Una, claramente de izquierdas, que mira a su izquierda con respeto y consideración; otra, posibilista, centrista si se quiere, que no le ha importado actuar con una cierta connivencia con la derecha y el conservadurismo cuando la situación política y social del país se tensaba y se empinaba la cuesta. Más o menos, con las lógicas reservas históricas, como pasa ahora.

 

Sucedió en la dictadura de Primo de Rivera, cuando una parte del socialismo apostó por enfrentarse en la calle a la dictadura y la otra no puso grandes reparos en mantener los vasos comunicantes con el dictador. Sucedió también en los acontecimientos de la Revolución de 1934. La represión y los sangrientos episodios de aquel conflicto pre-revolucionario agrietó, otra vez, al PSOE, hasta el punto de que algunos de sus dirigentes acabaron renegando de aquel apoyo que calificaron, incluso, como “uno de los mayores errores del partido”.Y volvió a suceder esto mismo – la división y el enfrentamiento interno- poco después. En los estertores de la Guerra Civil, cuando el gobierno de la República presidido por Juan Negrín huía en desbandada y se atrincheraba en Elda-Petrer como antesala del trágico final, una parte de la dirigencia del PSOE apostó, eso sí en la sombra, por el golpe de Casado contra el gobierno republicano legítimo presidido por uno de los suyos, un socialista. Otra vez las dos almas. Otra vez el cruce de caminos. El dilema de hacia dónde mirar. El estrabismo en la mirada.

 

Odón Elorza votó "no" a la investidura de Rajoy. Foto: EFEOdón Elorza es, sin duda, una de las voces más coherentes del grupo que votó No en el pleno del Congreso que hizo presidente a Mariano Rajoy, un hombre y un político al que no le duele dar puntadas¡ a su izquierda. En parte porque él sí dice ahora casi lo mismo que hizo y dijo hace años. Elorza lo repitió en su visita a Alicante y lo viene repitiendo una y otra vez por medio país desde el cuartelazo del 29 de octubre que descabalgó al último secretario general, elegido, recordémoslo, en primarias. El exalcalde de San Sebastián es una de las caras más visibles del grupo que se conoce como la “banda de los ocho”, que desobedecieron las ordenes de la cuyos miembros dicen tener claro que el camino es ensanchar la democracia interna, dar la voz a la militancia y ven en el magma político que hay a su izquierda (Podemos, mareas, Compromís…) más aliados necesarios que enemigos. Es lo mismo que dice, ahora sí, el exsecretario general, Pedro Sánchez, desde su defenestración y que expresó en esa especie de testamento político –veremos si también de fin de trayecto- que fue su entrevista con Jordi Évole en "Salvados". Allí dijo Sánchez todo lo que había ocultado antes y vino a reconocer su error táctico por no trabajar por un gobierno a su izquierda y con Podemos y las mareas como opción principal, algo que, reconoció, será necesario “si el PSOE quiere un día volver a gobernar España”. Y es esto, precisamente, justo lo contrario que parecen defender Susana Díaz, Javier Fernández y la mayoría de los barones. Bien sea por acción, bien por omisión, porque a veces los silencios hablan, ellos, los que mandan en la gestora, dicen querer ser otra cosa. No está claro qué, pero otra cosa.

 

Y junto a esta realidad de las ideas enfrentadas –izquierdismo con matices versus posibilismoestá esa otra realidad fría de los números: la militancia menguante, el apoyo electoral decreciente y el envejecimiento de su electorado, tres variables que vaticinan revueltas en el taller de costura que unos y otros tratan de montar para salir del atasco y la confusión. En las tres variantes numéricas sale muy dañada la marca. La caída de la militancia, esa que tan poco parece preocupar a una parte de la dirigencia actual según Elorza, es más que preocupante.

 

Según datos del propio partido socialista, uno de cada cinco militantes ha roto el carnet en los siete últimos años al pasar de 236.572 en el año 2008 a 181.000 en noviembre de 2016. En el apoyo electoral los número son aún peores ya que entre las elecciones generales de 2008 y las últimas del 26-J el PSOE ha perdido más de la mitad del apoyo ciudadano, pasando de los 11.289.335 votos que obtuvo Zapatero a los romos 5.443.846 de Pedro Sánchez. Y, además, está el tercer factor, el de la edad media de sus votantes. Aquí los datos son fríos, cortantes. Según cifras del CIS, solo el 21% de sus votantes estarían en la franja de edad que va de los 24 a los 44 años, muy próximo al PP y muy lejos de las cifras que alcanzan los nuevos partidos, Ciudadanos y Podemos, que logran en esta franja de edad sus mejores resultados. 

 

Es, por tanto, esta disyuntiva estrábica la que tendrá que resolver en primer lugar el socialismo español en un congreso cuyas fechas también les enfrentan. Optar, como defiende Susana Díaz y la mayoría de los barones, por intentar ser la única alternativa al gobierno de la derecha y de Rajoy, cegando la vista a la izquierda. O atreverse a virar a esa izquierda que está ahí con intención de mirarle a los ojos y no ser solo una muleta de apoyo en las flaquezas. Saber si, mientras las matemáticas electorales no cuadren, quieren ser aliados de los, con perdón, nuevos Primos de Rivera que son, salvando también todas las distancias históricas, el PP y sus políticas clasistas y neoliberales, e ir de la mano de los casadistas que a su modo y manera encarna la gente de Ciudadanos, o si quieren volver a mirar a los ojos a la militancia y escuchar su voz sin mediadores ni prejuicios ideológicos.

 

Resolver este nuevo/viejo dilema no va a ser nada fácil. La amenaza de ruptura interna o de fin de trayecto (los últimos datos demoscópicos de diciembre les situaban en un raquítico 15%) no es hoy ya algo impensable. Y eso, quiérase o no, tiene muy difícil cosido. Tal es el daño ocasionado que ni siquiera un buen taller garantiza la aceptación del producto en el mercado ciudadano.

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