¿Qué sabe nadie?

ENRIQUE BOLLAND

Eres listo. Eres liberal. Estás bien informado. Piensas que los conservadores son estrechos de mente. No puedes entender cómo los americanos de clase trabajadora votan a los republicanos. Piensas que están siendo engañados. Te equivocas”. La reflexión anterior no pertenece a un analista de derechas. Es una amistosa advertencia que procede de Jonathan Haidt, psicólogo social de la Universidad de Virginia personalmente alineado con las ideas del Partido Demócrata.

 

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, durante el debate de su investidura. Foto: JAVIER LIZÓN / EFELa formuló ya en 2008 en un ensayo publicado en las páginas de “The Edge”, pero el párrafo anterior procede de uno de sus libros, “The Righteous Mind”, editado en 2012. En política, todo el mundo se pregunta por qué el oponente no atiende a razones. Haidt formula una respuesta basada en años de investigación psicológica: no estamos diseñados para hacerlo. 

 

Según su experiencia, cuando preguntas a la gente sobre cuestiones morales midiendo su tiempo de respuesta y escaneando su actividad cerebral, en la mayoría de los casos se aprecia que tardan muy poco en elaborar sus conclusiones

y que el razonamiento que las justifica lo realizan después, no antes de contestar. Es decir, no es que no razonen, es que lo hacen para justificar conclusiones previas que responden a una visión emocional de la realidad. Así, a la hora de votar, una gran mayoría de electores no aplicamos la razón como lo haría un juez o un profesor, ateniéndonos de manera imparcial a los hechos y guiándonos por el conocimiento; lo hacemos más bien como un abogado o un jefe de prensa: utilizando la razón para justificar actos o decisiones de otros, de aquellos a quienes identificamos como “los nuestros”. Como sabe cualquier aficionado al fútbol, nuestra mente tiende a ver penalty en el área según el color de nuestra camiseta.

 

¿Y por qué hay obreros que prefieren la “camiseta” conservadora a la de los partidos de izquierdas cuyos programas se ajustan más -teóricamente- a sus intereses? Según Haidt, porque quienes los americanos llaman “liberales” y nosotros “progresistas” se centran en abanderar, casi exclusivamente, dos aspectos de la moralidad: la solidaridad y la libertad; y olvidan que muchas personas consideran importantes otros conceptos que ellos minusvaloran, como el aprecio por el orden,

la fe religiosa o el patriotismo. Quizá cueste creer que una mujer latina vote por Trump, salvo que comprendamos que esas categorías (“mujer” o “latina”) no bastan para definir a una persona que, por ejemplo, podría ser católica a la vieja usanza y trabajadora en una fábrica que la haya despedido al externalizar su producción; esto es, una mujer moralmente conservadora a la que el discurso proteccionista del extravagante millonario le suena a música celestial.

 

Lo que el psicólogo estadounidense pretendía era advertir que la izquierda debe centrarse en conectar emocionalmente con los electores que desconfían de ella, en lugar de limitarse a considerarlos estúpidos; sin éxito, porque al respaldar a la impopular Hillary Clinton, el Partido Demócrata optó por una candidata intelectualmente muy preparada, pero incapaz de conmover al ciudadano. Por algo el cineasta Michael Moore, uno de los pocos que avisó con meses de antelación de que la victoria de Trump era muy probable, ha propuesto que Tom Hanks u Oprah Winfrey encabecen la próxima candidatura demócrata. Nadie como ellos para apelar al corazón de los estadounidenses. 

 

Detrás de los grandes reveses sufridos en 2016 por las empresas demoscópicas y los expertos politólogos (Brexit, victoria de Trump, derrota del plebiscito colombiano...), todos ellos con causas específicas que no tenemos espacio de analizar aquí, existe sin embargo un elemento psicológico común: poderosos y atávicos sentimientos -temor y desconfianza, por encima de todo- han movilizado a miles de descontentos que se han desplazado a las urnas empujados por el deseo de llevar la contraria al poder establecido, cuyo relato de la realidad no les convence. Y políticos a quienes los editoriales de fin de año auguraban un 2016 exitoso han abandonado el escenario humillados, como Hillary Clinton, e incluso tachados de frívolos irresponsables, como David Cameron. Ya lo advertía en 1964 (gran cosecha) Bob Dylan, último e improbable premio Nobel de Literatura: “Vamos, escritores y críticos, que profetizáis con vuestras plumas... no habléis demasiado pronto, porque la ruleta todavía está girando. Y nadie puede decir quién es el designado. Porque el ahora perdedor, será el que gane después”.

 

Que se lo digan a quienes, hace algo más de un año, el 21 de diciembre de 2015, circulaban por los pasillos de la sede central del Partido Popular, en la madrileña calle Génova, y se sobresaltaron al toparse con José María Aznar. No lo esperaban, pero el presidente de honor había decidido aparecer, muy ufano, al día siguiente de un resultado electoral que a esa hora de la mañana todos los analistas radiofónicos consideraban el principio del fin para Rajoy. No faltaron los agitadores ultramontanos que demandaban el regreso del enérgico capitán al timón de ese portacontenedores electoral que pilota con estudiada displicencia el registrador gallego.

 

No faltan los nostálgicos que creen a Aznar -otros apuestan por Esperanza Aguirre- capaz de liderar una formación derechista alejada de las ambigüedades y “complejos” que atribuyen a la actual dirección. Vana ilusión. La gran ventaja del PP, esa que le otorga un suelo electoral extraordinariamente alto, una base impermeable a las promesas electorales incumplidas o la corrupción manifiesta, es que un español de derechas -salvo en Euskadi y Cataluña- no tiene otro partido al cual votar, ni ganas de experimentos.

 

Un año más tarde, Rajoy gobierna tras haber salido victorioso de una segunda contienda electoral, convertido, pese al frágil equilibrio que lo sostiene y exagerando un poco, en el líder más estable de Occidente (lo cual no es mucho decir) mientras José María Aznar ha abandonado la presidencia de honor del PP haciendo expreso el enfado que lleva veinte años asomando bajo la sombra de ese bigote que, como la sonrisa del gato de Chesire, vemos aunque su portador se haya vuelto invisible: “Qué se siente, qué se siente al estar sin hogar, como un completo desconocido, like a rolling stone”, le cantan tanto Soraya como Dolores de Cospedal.

 

No contaron los analistas habituales, que lo mismo sirven para juzgar un golpe de Estado en Estambul como un asesinato en Alicante, pues ignoran por completo el contexto en ambos casos, con la proverbial incapacidad de las izquierdas españolas para entenderse. Cuando lo hacen los dirigentes -véase Iglesias y Garzón- lo castigan los electores. Y cuando lo reclaman los militantes, surgen los cesarismos; que la historia nos enseña cómo acaban: a puñaladas. Hace ahora un año, un triunfante Pablo Iglesias se autocoronaba como vicepresidente todopoderoso ante el mismísimo Felipe VI, en estudiado jaque al Rey que pretendía sacar del tablero al voluntarioso Pedro Sánchez, empujándolo a un infructuoso pacto con Albert Rivera, cara (y cruz) de un Ciudadanos constreñido en un espacio central insuficiente para resultar decisivo. Pero algo salió mal. Sánchez cayó, sí, y ahora pena por los ingratos caminos de España a la busca de su destino. Pero Podemos se fijó unas expectativas tan altas, dispuesto a alcanzarlas engordando a base de tragarse a Izquierda Unida, que el festín se les indigestó y todavía analizan cuál será la mejor fórmula para purgarse y volver a la batalla. La duda estriba en saber si el anunciado fin del bipartidismo se consume o, por el contrario, la esperanza regenadora de la formación naranja se desinfla como un CDS cualquiera e Iglesias ve frustrado su ansiado asalto a los cielos y debe conformarse con volver a las aulas como un Anguita de la era cibernética. ¿Quién lo sabe? Si algo nos ha enseñado 2016, es que no lo sabe nadie.

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