Se caracterizan estos tiempos por hacernos vivir con mucha información. Por delante y por detrás; es decir, de ayer, de hoy, de mañana… No sólo por el momento en que se vive, sino porque viene adornada de hechos del pasado, del futuro; de lo probable, de lo improbable; de lo que puede pasar si se dan ciertos factores históricos, políticos, medioambientales, climatológicos, acústicos…, qué sé yo. Una información que es bueno conocer, aunque no siempre, pero que puede cambiarlo todo de un minuto para otro, no necesariamente debería tenernos más inquietos de lo preciso. Las distintas pantallas (hoy existen las pantallas múltiples para que intervengan los que están preparados delante de sus objetivos y de sus micrófonos, y les den paso por videollamadas. Bueno: ha sido la diversión y la acción que más hemos utilizado en las largas vacaciones del confinamiento; por ocio y por negocio).
Todos podemos decir (y lo decimos coloquialmente) que hay que ver cómo abunda la información por doquier aunque falten toneladas de conocimiento para interpretar los signos de los tiempos, de los hechos, de las mismas noticias. La información verdadera es la que debería aclarar los sucesos, advertir de peligros, asesorar sobre lo que puede pasarnos si esto sigue así, indagar en los hechos del pasado y del mismo instante, también debe darnos pistas y pesquisas de algo gordo que se ve venir. En los tiempos que vivimos (en los que se anuncia un consejo de ministros para tocar un tema, pero luego se cambia el asunto y las personas ya no son ministros) es bueno estar al día, pero las reglas del juego se modifican a conveniencia de quien ostenta el poder en cada momento). A pesar de algunas falsedades hay que saludar que exista la información y sus profesionales, pues es casi lo único que tenemos que nos dé estabilidad y pocos movimientos erráticos que parecen afectar sólo a la superficie.
Estar informados nos hace conocer en profundidad. El saber proviene de sabio o sabiduría, de donde creemos firmemente que llegamos con esos mimbres al conocimiento de las últimas cosas. Aspirar a saber más de nuestro mundo debe permitirnos llegar a las raíces de la realidad. Las estadísticas ayudan, pero no lo dicen todo, hay que vivir un intenso día a día que nos vaya descubriendo lo que está oculto o se esconde detrás de las costras que se forman a cada instante en los aparatos que nos cuidan o nos trasportan por diversos lugares. Con nuestra habitual mirada empática y compasiva sacaremos de nuestro interior las cavilaciones, posibilidades, cálculos, cuentas.
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