¿El miedo paraliza o es un seguro, un peaje a pagar, para seguir vivos? La buena o mala gestión de esta percepción está muy posiblemente en el centro del éxito o del fracaso de tantas y tantas actividades humanas. Muy probablemente podríamos decir que el miedo excesivo paraliza, y que su ausencia casi total es un riesgo demasiado alto y puede ser una puerta que lleve a la derrota y al fracaso. Algo de esto puede que también esté sucediendo en la gestión de nuestras vidas, de nuestro miedo –y de nuestra economía– en la era postconfinamiento covid-19, en la diferente visión de cómo afrontan el problema los jóvenes y las personas mayores.
Sucede que el miedo –la percepción racional o irracional del temor, del riesgo– es casi siempre inversamente proporcional a la edad que se tiene. A menor edad, o no existe o tiende a matizarse y diluirse en el premio que se espera obtener si se supera o derrota esta barrera; en tanto que a mayor edad, la percepción y el conocimiento del peligro que nos rodea es mucho más real, está más presente e influye en mayor medida en nuestro comportamiento individual y social.
En parte, los cuentos infantiles, sus personajes a veces terroríficos, las alertas continuas de los padres, tíos, abuelos, etc., cuando somos niños, y especialmente cuando vivíamos en comunidades más amplias, cuando las puertas de las casas estaban abiertas, no perseguían otra cosa que esto mismo: alertarnos del riesgo de fuera, de los peligros de fuera, para que fuéramos capaces de reconocerlo y actuáramos en consecuencia si la ocasión lo exigía. Miedo por desconfianza a desconocidos, a tocar algo peligroso, a comer algo prohibido, a irse demasiado lejos, a las malas compañías…

Es curioso como los datos que nos ofrecen a diario las comunidades autónomas sobre la evolución de la pandemia y de los numerosos brotes del covid-19 van poniendo de relieve cómo la edad es ahora un factor de riesgo, pero justo en sentido contrario a lo que sucedía en los meses de confinamiento por la pandemia. De pronto, los grandes ausentes de todas aquellas informaciones que casi nos tenían paralizados a los más mayores, la población más joven de nuestro país, ha pasado a ser casi el foco central del problema y a ocupar gran parte del protagonismo y preocupación de las autoridades políticas y responsables sanitarios, una realidad como decíamos otrora reservada casi en exclusiva a las personas mayores.
“El Govern ve insostenible la subida de contagios entre jóvenes en Lleida”, alertaba un titular del diario catalán La Vanguardia el pasado sábado. En el cuerpo de la noticia se debatía si su sola mención era solo una alerta o un intento de criminalizar a la juventud sobre el particular. Ese mismo día el otro gran diario catalán por tirada y difusión, El Periódico, titulaba de esta guisa: “Alerta por un aumento ‘insostenible’ de casos de coronavirus entre jóvenes del Sègria”. O las recientes e incomprensibles iniciativas de organizar fiestas en algunas zonas de EE. UU. que prometen premios “para los primeros en contagiarse de coronavirus”, que tampoco ayudan
Es lógico y puede que normal que la juventud en general tenga una percepción del riesgo menor (posiblemente no han vivido lo suficiente para ello, se dirá), que la muerte no forme parte de sus inquietudes y preocupaciones más inmediatas (instinto de supervivencia podría llamarse a eso), que tiendan a descreer y burlarse de los consejos que les dan los “viejos”. Pero, claro, sucede que su inconsciencia de ahora no pone en riesgo solo su vida –que también, aunque siga siendo en menor medida–, sino al conjunto de la población, incluidos sus padres y familiares más cercanos y más mayores.

Al fin y al cabo el miedo convertido en adrenalina también puede ser un incentivo. Seguramente para los jóvenes, retar y derrotar ese miedo que al general de las personas mayores medio paraliza y les provoca un gran respeto, forme parte de su propia evolución, de su propia necesidad vital. Posiblemente se pueda entender así, pero la gestión de esta disyuntiva entre la escasa o nula percepción del miedo por parte de la población más joven va a ser una prueba muy dura y de muy difícil gestión. Eso, parece ya claro y evidente.
Por ello, el éxito o el fracaso de este tiempo nuevo en la lucha contra el covid-19 puede que tenga mucho que ver con la capacidad de que los mensajes no acaben (solo) criminalizando a los más jóvenes, sino que a través de ellos sea posible abrir una rendija en su conciencia que les lleve a la consideración de que en esta pelea sus aportaciones y esfuerzos son muy necesarios para establecer lo que podríamos denominar algo así como alianza de generaciones frente a la pandemia.
Y, de esta manera, que estos mismos jóvenes, o una parte de ellos, lleguen al convencimiento de que la vida o la muerte de un gran número de personas mayores va a depender de su comportamiento. De hacerles ver que su esfuerzo en reconocer el miedo del otro salva vidas. Hacerlo, seguramente, no va ser nada fácil. El premio de entablar una lucha contra el lobo, contra el dragón que nos amenaza, comer de la fruta prohibida, es posiblemente demasiado fuerte, natural y atractivo para ellos. Seguramente y en este caso, tanto y tan peligroso como esas fiestas que se organizan en EE. UU. con la negra promesa de ofrecer premios a los primeros jóvenes que demuestren que se han contagiado precisamente allí de coronavirus. Ahora sí, un falso y terrorífico disfraz contra el miedo.
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