Un mundo de ruleta

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Donald Trump sería un personaje que encajaría a la perfección en House of Lies, una serie de éxito de la  televisión norteamericana que se ríe de la codicia de empresarios en apuros y que ven en  Marty Kaan -el protagonista de esta ficción- a un asesor de grandes firmas capaz de salvar sus emporios. Los multimillonarios le piden consejo y le inundan de dinero para confeccionar unos informes que en la mayoría de los casos podía haberlos realizado cualquier bedel de una de esas firmas en riesgo de quiebra.

La serie refleja la mentira del sueño americano, donde el dinero, el poder y el sexo destacan por encima de cualquier valor moral. Bueno, la ética queda aparcada, o mejor dicho, eliminada en un mundo formado por tiburones avariciosos dispuestos a devorarse los unos a los otros. Son los valores que nos inculcan desde el otro lado del Atlántico, valores que hacemos nuestros y que permiten que una persona como Trump tenga la posibilidad de ejercer un poder inimaginable pese a su dudosa conducta y conocimiento para llevar a buen puerto el “imperio” al que representa. Lo negativo de todo es que sus decisiones afectan al resto de estados.

Evidentemente, Estados Unidos no sólo está compuesto de grandes urbes con hombres y mujeres obsesionados con el triunfo personal, triunfo que se refleja en los dígitos de su cuenta corriente. Es un país inmenso de vastos contrastes, que ha dado una triste lección al mundo colocando al frente de la Casa Blanca a un xenófobo, machista, racista, misojeno  y demás adjetivos calificativos negativos que usted quiera añadirle. Al menos esa es la imagen que ha trasladado a la opinión pública, la de un personaje tan políticamente incorrecto que hasta muchos de sus votantes se avergonzaban de confesar a los encuestadores su intención de voto.

Pero Donald Trump para nada es un mediocre. Quizá los mediocres sean quienes han confiado en una persona que ha empleado una técnica populista que corroe los cimientos de las principales democracias. Populismo a derecha e izquierda que enturbian un futuro que ha quedado condicionado desde el año 2008, cuando estalló la crisis de Lehman Brothers y arrastró a la economía mundial al pozo de donde aún estamos intentando salir.

Pero tiene su mérito haber luchado contra Hillary Clinton (el poder establecido), contra su propio partido, contra los grandes medios de comunicación… En ningún momento  ha bajado la guardia y ha demostrado a todos que tenía razón en una cosa: frente a su esperpéntica figura tenía una contrincante demasiado desvirtuada, que representaba una élite señalada como la responsable de la peor crisis económica que han sufrido los norteamericanos desde la Gran Depresión.

Porque en mi opinión hay un alto componente de cabreo en el voto a Trump. Es curioso que en zonas industriales como Michigan, con un triste pasado por la quiebra del sector automovilístico, haya ganado el magnate de los casinos, pese a la aparente recuperación económica  de los últimos años gracias a las políticas de Obama. No sólo le ha votado la América profunda, también las zonas industriales. Debe ser que la clase media no olvida la merma de su poder adquisitivo a pesar de que la tasa de paro no llegue al 4% en EE.UU; si lo comparamos con España es para echarse a reír. Trabajar más por menos provoca  un descontento perfectamente aprovechado por oportunistas como Trump.

Y Hillary ha sucumbido. Su campaña ha sido agresiva pero siempre envuelta en el halo protector de Obama. Incluso no sacó a pasear a su marido y ex presidente Bill Clinton en un intento de no remover el pasado. Ha demostrado que no era la mejor opción de unos demócratas muy divididos con muchos partidarios de Berni Sanders, un socialista confeso que se lo puso muy difícil en las primarias a Clinton.

Porque un buen número de mujeres han votado a Trump pese a sus hirientes comentarios hacia el sexo femenino. Porque muchas mujeres no han comprendido  que Hillary perdonara la infidelidad de su marido ( hasta la llegada de Trump se presupone que la sociedad americana era muy puritana de puertas hacia afuera). Porque muchas de esas mujeres han reído los chistes machistas del magnate y se han sentido atraídas por la que será la primera dama (bien recauchutada) del país. Esas son las féminas que gustan a Trump. Ese es el reflejo de una sociedad enferma,  con la quiebra de todos los principios morales y culturales que se le presupone a Occidente.

A partir de enero tenemos al frente del planeta a un ser realmente peligroso –encima aliado de Putin– del que dependeremos económica y militarmente. Ese señor, rodeado de sus play girl rellenitas de silicona hasta las cejas es el que va a jugar en esta gigantesca ruleta rusa que hemos montado.  Hagan juego señores que esta vez también, como casi siempre, ganará la banca.

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