El botón nuclear de Rajoy

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La legislatura no tiene por qué ser complicada para Mariano Rajoy, que por fin ha dejado de ser presidente en funciones tras lograr el sábado ser investido por el Congreso de Diputados. Su alegría no es para menos: tras diez meses y dos elecciones seguirá al frente del Ejecutivo pese a los juegos florales de la izquierda radical. Hay dos razones por las que no ha forzado unas terceras elecciones: el prestigio internacional de España, ya de por sí erosionado por el espectáculo ofrecido, y salvar a una socialdemocracia -reflejada en el PSOE- que sirva de freno a la expansión de Podemos, un partido cada vez más alejado de la realidad y sí más próximo a las trincheras. Los socialistas necesitan tiempo para rearmarse, y el líder popular se lo ha dado, aunque en su poder esté el botón nuclear; con pulsarlo estaría muy cerca de la mayoría absoluta y sus rivales lo saben por mucho que se pavoneen de cara a sus seguidores.

Mariano Rajoy se equivocaría si no tuviera la generosidad necesaria para escuchar a todas las partes y a todas las sensibilidades que forman este país. Pero es el ganador absoluto de este sainete que hemos vivido durante diez meses. Puede armarse de paciencia y comprobar cómo otros líderes políticos hablan de exigencias para apoyarle en la gobernabilidad del país,  pero que nadie se equivoque, en cuanto vea que son imposibles los acuerdos con otras formaciones pulsará el botón. Albert Rivera lo sabe pese a vender las bondades de los 150 puntos de Ciudadanos para regenerar España. Además, un apunte, el Congreso es importante aunque no decisivo. Quizá lo determinante sea la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado que exige Europa, pero el líder del PP puede estar perfectamente un año gobernando a base de decretos ley. No sería lo más positivo pero puede hacerlo. Y luego, la reválida de las urnas.

PSOE. Pedro Sánchez demostró el sábado toda la coherencia que no ha tenido en este periodo convulso. Dejar el acta de diputado era doloroso aunque la única manera de mantenerse vivo dentro de su partido, al menos es lo que pensará él. Sánchez no podía abstenerse ni ir contra la decisión del comité federal, sólo le quedaba una salida: poner pies en polvorosa. Sin embargo, el ex líder del PSOE ha vuelto a calcular mal los tiempos. Debió dimitir tras los penosos resultados de las segundas elecciones generales a sabiendas de que un acuerdo con Podemos era inviable. Hubiera ahorrado un bochorno a los socialistas.

Además, pese a su dimisión, Sánchez puede calificarse de ex político, salvo que lo reclute Pablo Iglesias, su verdugo-amigo. Sólo quince abstenciones en la votación de investidura, y muy poca “lealtad” de los “sanchistas”. Antonio Hernando le demostró el sábado que una vez se sale de la pomada caes en le irrelevancia. En política pasa como en el resto de actividades de la vida, en cuanto sales de ese grupito o círculo de elegidos, pasas al absoluto anonimato. Muy pocos “amigos” militantes le van a seguir aunque recorra España en coche para refundar el PSOE. No tiene nada que hacer en la organización socialista. Él, al contrario de otras personas, sí tuvo una segunda oportunidad para revertir la situación, y la dejó escapar.

Podemos. Pablo Iglesias ha demostrado que la izquierda radical se quedó en el 36. Su maximalismo no tiene cabida en la España actual. La derecha retrógrada de hace 40 años supo reconvertirse en un partido de centro derecha similar a cualquier otro del resto de Europa. Además, de momento, el PP ha sabido contener a movimientos de extrema derecha que sí afloran en el resto del continente.

La política de trinchera, de toma de las calles, de la mal llamada democracia participativa, nos llevaría al desastre. Esta izquierda que representa Pablo Iglesias sí que necesita una verdadera transición. Su falta de respeto hacia los acuerdos que hicieron posible la convivencia de todos -los primeros los nacionalistas catalanes-  provocan vómitos a aquellos niños que sufrimos los últimos estertores del franquismo. Que no venga a dar lecciones de democracia un individuo que en vez de política monta el circo mediático por donde va. Y otro apunte, ¿que le pregunten a sus socios de gobierno en comunidades o ayuntamientos hasta dónde están de los “podemitas”?

Ciudadanos. El papel del Albert Rivera ha sido “ejemplar” en estos meses. No tenía otro remedio que guardar cierta equidistancia entre PP y PSOE; querer ser el centro es complicado, te dan por todos lados. La historia está llena de ejemplos, ¿se acuerdan de Adolfo Suárez? Por su discurso tiene que ser un fiel aliado del PP, no en vano la mayoría de sus votantes provienen de este partido. Está bien su lucha contra la corrupción aunque hay que matizar. Un imputado no es un apestado, se tiene que demostrar su culpabilidad en los tribunales. Muchos políticos se han quedado por el camino pese a que el juez les declaró posteriormente inocentes. No es justo que esta gente se quede fuera. Midamos las consecuencias antes de cortar la cabeza equivocada.

Albert Rivera debe aplicarse el cuento y poner en marcha todo su aparato para que en comunidades y ayuntamientos no gobiernen ni Podemos ni nacionalistas, sobre todo cuando hay una mayoría de votos de centro derecha. La congruencia debe primar en su formación antes que meter el dedo en el ojo de otros partidos. Hay que quitarse los complejos y llamar a cada cosa por su nombre. La aportación de Ciudadanos puede contribuir a dar aire renovado al centro derecha. Pero que no se olvide Rivera, el botón es de quien es, y a su formación ahora le interesa que no lo pulsen.

Separatistas. Muy breve. Las intervenciones de Joan Tardà y Gabriel Rufián demostraron chulería, xenofobia (nacionalismo extremo), odio y desprecio por la legalidad vigente. Con esa actitud no se puede negociar ni la bajada del pan. Un camino: democracia y firmeza. Por cierto, la derecha catalana empieza a movilizarse. Aún no entiendo cómo la vieja Convergencia está aliada con estos personajes. Igual un día de estos regresa la cordura a la vida política catalana.

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