Vivir sin complicaciones

live-1003646_960_720 Suena este titular a eslogan publicitario de esos que se comprarían bien, a buen precio, porque promete (como suelen hacer esas llamadas de atención) que se puede entrar en un mundo sin problemas reales a cambio de la compra de un artículo de consumo (o de uso) poco menos que milagroso, de adquirir un anhelo filosófico, una forma de vida relajada. ¿Qué quiere decir, pues, eso de no tener complicaciones? ¿Quién puede tener un producto, ni una idea, que sea capaz de quitarle a la vida su tensión normal? (Ya no decimos cuando hay que estar en todos los fregados ni en todas las batallas que la propia vida, la familia, el trabajo, la convivencia… nos pone por delante cada día, cada minuto, cada instante). Mientras vivamos con nuestras lógicas aspiraciones, tendremos que tener roces (cuando no choques frontales), contratiempos, inconvenientes, dificultades… ¿Y ahora viene alguien que tiene la solución a todo eso si todavía nadie ha sabido crear una póliza de seguros que cubra las chinitas en los zapatos, el desgarrón en una media o un calcetín, el roce con otra persona desconocida que se ha convertido en costurón sin arreglo en la manga de la chaqueta, los temblores de cuerpo cuando hace frío o estamos muy asustados? Nos pasan muchas cosas a pesar de procurar evitarlas mirando hacia atrás por si acaso. Debería de estar todo cubierto –nos decimos- para no tener que estar siempre esforzándonos tanto, sufriendo, o reinventándonos.

Pero es imposible que un seguro, o unas pastillas, nos cubran las esperanzas no logradas, las inquietudes de conciencia, las rectificaciones de conducta, la lucha para alcanzar metas nobles, incluso el fin supremo de relacionarnos con Dios. Todo eso exige un esfuerzo, normalmente una fuerza interior que nos caracteriza y nos distingue, y que no debemos perder nunca, pese a que dejemos muchos propósitos por el camino a causa de la aparición de un enemigo atroz que se llama comodidad. En el fondo, no hay ansias de conseguir un verdadero bien, ni espiritual, ni material legítimo; la pretensión más alta de algunos se reduce a esquivar lo que podría alterar la tranquilidad -aparente- de una existencia mediocre. Con un alma tímida, encogida, perezosa, la criatura se llena de sutiles egoísmos y se conforma con que los días, los años, transcurran sin aspiraciones que exijan esfuerzos, sin las zozobras de la pelea: lo que importa es evitar el riesgo del desaire y de las lágrimas. ¡Qué lejos se está de obtener algo, si se ha malogrado el deseo de poseerlo, por temor a las exigencias que su conquista comporta!

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