¡Parece mentira!

mentirasSi nos atenemos a los tiempos contemporáneos, en donde se coló de rondón en la Real Academia de la Lengua Española y en su diccionario (que nos sirve para nuestro buen gobierno del idioma y nos permite guiarnos adecuadamente a la hora de poner por medio las buenas maneras que no insultan, que no se burlan, que no hieren…), hemos de entrar en los razonamientos que han llevado a admitir determinadas palabras que dicen más de lo que creemos en nuestro lenguaje habitual.

Nos escandalizó de algún modo que se “oficializara” la posverdad, ¿no fue así? Porque por ese agujero veíamos entrar desde nuestro idioma, y desde otros, la invasión inoportuna, malsonante, y hasta casi inmoral (se nos ocurría así, apreciación esta última de la que tanto sospechábamos y ahora vemos que no ha pasado nada) –manda el buenismo-, sólo que ya está aprobada la jugada, como están permitidos los juegos de azar y su difusión. Por ahí se iban a colar los más devastadores bulos dando como bueno lo que sólo tenía su apariencia. La posverdad parecía cualquier cosa, y nadie que la usara debía temerla en ningún instante en su uso y trato normal. Se la definió sin que nadie viera ninguna peligrosidad. Su definición es clara como el día: “Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”. El Diccionario, generoso como ninguno, la definió, aunque sin avisar, como concepto filosófico. Al poco tiempo se añadieron las fake news (noticias falsas), en el mismo plano de la expresión, pero definidas directísimamente.
Habitualmente, cuando no se termina de comprender alguna acción, o se hace algo que nos escandaliza, le decimos al bocazas que nos trae la noticia algo tan españolito como: “¡Parece mentira, con lo listo que tú eres!”. Todavía el año pasado (2017) la revista “Time” nos hacía reflexionar acerca de este cambio costumbrista del lenguaje diciendo de modo provocador que “si es que ya se había muerto definitivamente la verdad, ¿ahora qué?”. Las afirmaciones falsas empezaron doliéndonos un poco en el estómago, porque había que digerirlas y comprender lo del “Brexit”, la sombra cada vez más alargada del presidente Trump, las primaveras árabes, las tiendas de campaña en la puerta del sol de Madrid, el éxito de los programas de debate y confrontación en las televisiones de todo el mundo occidental con programas hasta altas horas de la madrugada que había que ver para que nadie nos dijera luego “¡parece mentira!”, dicho así entre admiraciones y mayúsculas para elevar la voz y acusarte. La cuestión es que ya no “parece”, pues ahora casi todo lo que corre “es” mentira.

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