Niña muerta alcoholizada

joy-994264_1280No se nos quita de la cabeza la noticia que dice que una niña de 12 años murió por haber estado bebiendo ron y vodka desde las 7 de la tarde hasta las 10.30 de la noche en San Martín de la Vega, un pueblo de Madrid. ¿Qué pasaría por la cabeza de esta chica a esa edad tan esperanzadora? Lo dijeron en su día prácticamente todos los periódicos y los que no lo dijeron son los que no quieren alarmar con estas tragedias de limitado alcance. Hemos esperado a que saliera un psicólogo con su comentario, quien se apunta el tanto diciendo que ser padres no es tan solo controlar y castigar. Se evidencia que no debió de haber existido control familiar alguno cuando la policía municipal aseguró que al menos en dos ocasiones había llevado a la niña a su casa muy bebida. Los adolescentes de todas las épocas han tenido y han dado problemas. Ellos necesitan saber que hay unos límites que no deben sobrepasar, a la vez que les surge una tendencia rebelde, en sus cuerpos y en la índole social, de querer saltárselos a la torera, a veces por curiosidad, pero otras veces como gestos de enfrentamiento contra la familia o la sociedad que van a lo suyo sin comprender sus insatisfacciones ni deseos ni necesidades.

Esto no es nada nuevo; los chavales de todas las épocas llegan a un momento en que explotan y se plantan ante las reconvenciones sociales (que, por otra parte, favorecen la existencia de un orden respetuoso con los comportamientos educados en donde nadie agrede a nadie ni por estar en la calle ni por encontrarse en horas y lugares poco vigilados) precisamente porque lo que importa es saltarse la ley y llamar la atención. El fenómeno, si no se trata debidamente, se generaliza con rapidez y se mira de reojo e indiferencia si no nos afecta directamente, consintiendo incluso los botellones que hay que considerar como circunstancia insalvable en una sociedad que está empeñada en dejar hacer sin límites como manera de materializar así el pensamiento liberal que impera aplastando postulados morales con un costumbrismo que se ha apoderado de todos a través de los grandes medios. En películas y series de televisión aparecen jóvenes conviviendo “por las bravas”, donde el más atrevido de la pandilla es el triunfador porque es el que dice las palabras más altas que los demás -los que pasan desapercibidos, papel que ya no quiere nadie-, con actitudes físicas totalmente alejadas del mínimo decoro. Haber tocado la muerte es un fracaso social, habérsenos ido una chica con tanta vida por delante nos acusa a todos.

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