Morir de paseo

ramblaMRecordando a las víctimas del atentado de Barcelona, 17-8-2017

Podríamos pensar que ésa es una de las muchas maneras de morir de forma totalmente inocente, sin que huyas de un peligro, sin que escapes de una culpa, sin que sospeches tener enemigos, sin que creas que alguien te esté acechando, sin que te asalte la duda de compartir confidencias con una compañía extraña, sin que receles de las intenciones de quien te saluda cruzándose en tu camino, sin que tengas más resquemores que cuidarte y estar atento por si acaso te asaltan –por detrás o de costado- unos ladronzuelos y te quiten algo. Lo que no estaba en el catálogo de las desaprensiones ajenas era que te quitaran la vida, que vinieran de frente y te atropellaran.

¿Quién dejó entrar en un paseo exclusivo para viandantes a una furgoneta en horas de aglomeración pública y no de reparto? Alguien tendría que responder a esta pregunta, porque esta y no otra ha sido la forma ideal que han encontrado los asesinos para arrancar del mundo de los vivos a otros semejantes que iban por la vida atolondrados, tranquilinos, confiados, metidos en sus pensamientos, esperanzados quizás porque iban hacia su hogar donde les esperaban los suyos. Y resulta que, por la voluntad de otros, que en esto se divertían y se regodeaban al alcanzar a los que iban cayendo como figuras de ajedrez en el tablero de las Ramblas barcelonesas, apretando sus dientes, masticando odio, ganando méritos para ascender en un elevador fugaz que ellos creen que los impulsa hacia la luz de lo alto o más bien hacia la negrura de la cloaca profunda y negra, logrando muchos puntos en su carrera hacia un paraíso que no puede ser tal si allí no hay quien les reciba, ni se tienen amigos que les aguarden, porque los que esperaban ver no están, si acaso han llegado matando a cuantos contrarios se han ido encontrando.

La muerte del paseante (que es un llegar sólo corporal a un final no definitivo) tiene visos de tragedia, pero especialmente de traición. Morir de paseo, andar confiado y casi ajeno a lo que pasa alrededor, y a lo mejor dejándote llevar por ensueños de una felicidad muy particular, no da méritos para ir directamente al cielo; eso se nos antoja mucho más complicado, aunque hayamos soñado que nuestros deudos nos están esperando en un lugar mejor. Ir de paseo, y más cuando lo has convertido en ejercicio diario con connotaciones terapéuticas, y por muy aburrido que a veces nos parezca si es un paisaje monótono, es -como la vida misma- ir por un camino que nos lleva a algún lugar al que deseamos llegar con calma, con conciencia tranquila y sosegada, donde amigos y allegados nos están esperando.

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