La verdad de un roncín y un rucio

rocinanteLlegados este año a los abrileños días cervantinos, nos hemos dejado llevar por el ambiente creado por el reconocido escritor Andrés Trapiello, que publicó hace ya unos años un libro a modo de continuidad de las vidas del Quijote y de Sancho, con el título de “El final de Sancho Panza y otras suertes”. Y da gusto entrar en su capítulo décimo séptimo, en el que se encuentra la panda de amigos en la frenética ciudad de Sevilla donde llegaban unos y se iban otros en torno al gran río, donde se engañaba, se holgaban las gentes en las tabernas y se moría en la cárcel. Estando allá se dieron con un espectáculo en el que un individuo hacía el papel de Rocinante, sin que saliera a escena el rucio de Sancho, a quien le dio por pensar que esas bestias harían tan bien su papel como ningún otro. Sansón, Antonia y Quiteria le daban la razón y le apoyaban. “¿Os parece poca cosa la verdad de un rocín y un rucio? La verdad es la principal compañera de la mentira, y nada saca más verosímil una mentira que una verdad”. Llevarán donde actúen una cédula firmada por Panza y por el bachiller Carrasco, ante un juez vecino y con testigos en pública forma. En tal cédula se confirmará ser ellos los auténticos Rocinante y rucio. Y aun en el caso del burro irá con la albarda original que le fue tomada en singular combate a un barbero, motivo de disputadísima porfía. Mostrarán por donde vayan la probanza de ser las caballerías y albarda lo que dicen ser a quienes quieran verla. Y aún más: se puede leer a las gentes lo que se dice en el libro de la amistad que hay entre estos dos animales, comparable a la de los personajes mitológicos Niso y Euríalo, o Pídales y Orestes, y todo cuanto venga después en la comedia resplandecerá como el sol en lo alto, de lo que el público recibirá tanto o más gusto que de la propia comedia, pues “no hay cosa fingida que valga más que la verdad”, quitando lo que de fingido y verdad llevan al mismo tiempo, como es esto que nos ocupa, o sea, la vida de quienes son a la vez las dos cosas, realidad y cosa imaginada por nuestros autores, que es la perfección suma. Que sepan todos que si en las armas fue don Quijote caballero muy largo, Sancho Panza puede en las letras dar sopas con onda al más pintado. ¿Y qué pedís por esas bestias?, preguntó el empresario: Lo que sea de razón –sentenció Sancho. Y añadió que habiendo sido su amo don Quijote hombre de armas tanto como de letras, y aun con un punto de poeta, nada le hubiese parecido mejor que su buen Rocinante acabara su vida llevando noticia de su amo donde él ya no podía llegar y haciéndole todavía ganar batallas, aún después de muerto, como el Cid y su Babieca.

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