La generalizada corrupción

corrupcionA los españoles nos parece que el país más corrupto del mundo es el nuestro, aunque nos consuela tontamente que los venezolanos o los colombianos o los brasileños también lo sean. Un diplomático colombiano, César Velásquez, ha escrito que “la corrupción no tiene límites ni condición, ni tampoco ideologías”. Se trata de pillos en un grado elevado de inteligencia, o de inteligencias que se venden bien vendidas a organizaciones financieras, exploradoras de individuos con demostrada sabiduría para las finanzas…Sí, sí; pero ante todo, son personas sin escrúpulos, sin moral y sin un mínimo de vergüenza que mire al ser humano hacia dentro y lo examine de vez en cuando para hacerle limpieza de sangre, de azúcar o de colesterol, que se pasa el tiempo manchando conciencias hasta el punto de dejarlas sin funcionamiento, simples autómatas, aunque bien compradas y bien alimentadas. En realidad, si nos fijamos mejor, hemos consentido en todas partes los sobornos, los dobles pagos, las primas que se pagan para obtener sustanciosos contratos. En la “globalización de la trampa” (¡que ya es preciso saber urdirla!) no pueden estar sino los listos muy listos, o bien aquellos que toman decisiones a niveles empresariales o corporativos muy altos, de altura excesiva; y son tan listos que, por ocupar tales puestos, son examinados y salen impolutos: se ha apoderado de ellos la indiferencia, y lo peor: considerar como normal el delito.

Si estafamos al fisco nos creemos muy listos, pero que vengan y nos engañen en lo privado ya no lo admitimos a la pata la llana, y eso que sabemos que la corrupción en lo público beneficia a cuatro privados, a los que les pasa lo mismo: que consideran que si la primera vez les salió bien la jugada, después la han repetido hasta donde han podido. ¡Y te encuentras cada entramado! Lo malo es haber dejado entrar el soborno. Mira, chico, te dicen, o haces tu trabajo por cuatro chavos, yo me quedo seis, la pieza se valora por quince y sale al mercado por el doble. ¿Eso es el precio justo, ajustado, o es más bien el precio de un justiciero que es quien viene a proponerte su juego sucio camuflado de negociación previa, acuerdo y amparo en el convenio colectivo (que, de tan colectivo como es, sirve para todo)?

El dicho popular que dice “hecha la ley, hecha la trampa”, lo palpamos al paso de nuestro caminar cotidiano, incluso cuando somos el comprador final; eso nos lleva a tener un cierto cinismo cuando nos respondemos con indiferencia que “esto es lo que hay”, sin denunciar nada. Lo veíamos en las mentiras que se dicen en casa, en la doblez con los amigos, en el cinismo en el juego de casino. Reflexionamos muy poco sobre el mal “mortal” que nos hace.

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