Educación: preocuparse por las personas

istock_000015780724mediumLograr el éxito es uno de los fines primordiales en la vida de las personas y fundamentalmente, por sus consecuencias, en todo lo relacionado con la educación. Ese éxito suele entenderse socialmente como triunfo, siempre y cuando vaya de la mano de la calidad. Por eso decimos coloquialmente en tantos aspectos de la vida que andamos buscando el éxito emocional, el laboral o el profesional –como afirma la psicóloga y catedrática de Teoría de la Comunicación, Concepción Naval-, y sabemos que antes hemos de hacer los deberes en cuantos aspectos afecten a la enseñanza: “Si queremos hablar de calidad en la educación no podemos conformarnos con preocuparnos por los procesos, por los productos, por las estructuras, sino que hemos de apuntar directamente a las personas”.

Casi sin querer, pero queriéndolo, nos estamos refiriendo al papel sustancial que juega la escuela en la sociedad, que debe estar atenta a las exigencias, cambiantes a veces, de los agentes sociales. Nunca deberá perder la función social y cultural que le es ineludible y así poder mirar hacia adelante en la generación de conocimiento en prácticamente todas las facetas de la vida y en todas las edades. La misión social de la enseñanza y de la educación es la preocupación permanente por la calidad, que es la exigencia y el futuro.

Pero no confundamos calidad, que es el medio, con el éxito, que vendría a ser el fin, porque podrían sucederse por el camino circunstancias inesperadas e impropias. No hay que entrar en el debate calidad-cantidad (lo más votado, lo más divertido, lo más vendido, lo más visto), no, no es eso: más bien sería el proceso, y eso no puede ser otra cosa que el colegio y la alta exigencia marcada en sus normas y en su dirección, con un día a día en el que no se baja la guardia ni se pierde el tiempo. Suele existir un tópico (volvemos a Concepción Naval) al identificar de manera acaso superficial la calidad con la educación elitista, para descalificar a la primera por su supuesto carácter discriminatorio. Pero en mi opinión –dice- la verdadera calidad en educación no está reñida, sino todo lo contrario, con la equidad y la justicia social. En educación, todos (hablan también los padres) estamos embarcados en la mejora personal que hay que ver antes que los indicadores externos de calidad, que tal vez son condición necesaria o conveniente, pero no suficiente para lograr la calidad en su sentido más radical. En educación de calidad hay que apostar directamente por las personas.

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