Disfrazados para gustarnos

Venice_Carnival_-_Masked_Lovers_(2010)Influenciados seguramente por el ambiente y las conversaciones que escuchamos de personas mayores, ya desde niños nos vamos forjando una idea muy particular sobre el tipo que nos gustaría ser (o tener) de mayores. Así que, de forma automática, establecido un prototipo, vamos dejando crecer en nosotros esa figura, ficticia en principio, que toma cuerpo cuando nos presentamos en la sociedad que nos rodea defendiendo nuestra “postura” para ser así. Eso suele consistir en un figurín a cuerpo completo, pero también conformando una personalidad intelectual.

En realidad, y según piensan algunos profesionales, esa actuación es una actitud defensiva ante la probable sensación de miedo que nos aplastaría si no somos admitidos ni valorados ni queridos en los grupos que se van formando por simple afinidad, vecindad, coincidencia de gustos y apego natural. El desarrollo y organización de la propia vida, que funciona como algo suelto y natural, va completando ese carisma que nos da un sello propio. Habrá que dar por bien supuesto que en el camino se irán recogiendo estilos nuevos y formas de presentarse (vestirse, peinarse, y definir un modelo duradero que acabe en gestos concretos y definitorios y duraderos), para lo cual lo que más influye son las modas y los talantes de actores de cine, futbolistas, cantantes o grupos musicales que se idealizan.

Al final salimos a escena (sin habernos dado cuenta) luciendo nuestra máscara (que así se denomina la persona), que a veces es un auténtico disfraz que hemos elaborado minuciosamente, o bien para intentar gustar a la chica que pretendemos si es que nos da pistas del figurín que ella se ha formado en sus sueños, o acabar imponiéndonos una mezcla de estilos para gustarnos a nosotros mismos. En ocasiones, nos excedemos, y tenemos que rectificar porque nos damos miedo cuando no hemos reproducido correctamente nuestra figura ideal, buscando una esencia que combine lo bueno, lo bello, lo elegante, lo inteligente, pasándonos bastante de la raya; y subimos a la pasarela del carnaval sin parecernos, de verdad, a lo que somos. Quisimos ser tan exquisitos que, analizada la máscara, dejando entrar en escena los sentimientos auténticos y la constitución real (y ya no inventada ni exagerada), nos reconocimos bufones y frutos relamidos de lo que nunca fuimos. Ocurría (y ahora también nos pasa) que nos escondiéramos por vergüenza, ya que en realidad no terminábamos de gustarnos. Podría ser que tuviéramos mucho miedo a reconocernos verdaderamente.

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