Primer paroxismo de Santa Teresa de Jesús

birds-923059_640Leemos en su autobiografía (Libro de la vida), en edición de la Real Academia Española, elegido para conmemorar su Quinto Centenario del nacimiento, que nuestra monja universal escribió que cuando vino la fiesta de Nuestra Señora de Agosto, el 15 de agosto de 1539, fiesta de la Asunción, “diome aquella noche un paroxismo que me duró estar sin ningún sentido cuatro días”. Tal ataque convulsivo, en el mejor decir de la nota al pie de página, por parte de los ilustres académicos, ocurrió en Becedas, lugar donde estaba la Santa retirada desde el mes de abril para curarse del “mal de corazón” que le tenía “acabada la vida”, con calentura muy continua. “Mucho me aprovechó (para tener paciencia)”; dice también “haber leído la historia de Job en Los Morales de San Gregorio, que parece previno al Señor con esto…”. De aquí sacamos la siguiente curiosidad, que pasamos al terreno de la reflexión que nos podría llevar, de algún modo, a la gratitud. Y es que leyó la vida de Job en unos tomos escritos por San Gregorio: los Morales, que, al parecer se conservan muy celosamente guardados por las Descalzas de san José de Ávila, porque no le era accesible leer directamente la Biblia, pues no sabía latín, y en esa época estaban prohibidas las traducciones a lenguas vernáculas. Es difícil de pensar en esas pegas hoy.Pero hay otra curiosidad poco agradable sobre lo escrito por la Santa en esa misma jornada: “Teníanme a veces por muerta, que hasta la cera me hallé después en los ojos”. Eso quiere decir que le pusieron cera sobre los párpados, como era costumbre hacer con los difuntos para evitar que quedasen entreabiertos (y la amortajaron con una sábana según otro testimonio). También podía tener el hecho otra intención, según el autor de las notas, Fidel Sebastián: “comprobar así si estaba muerta, sólo en un estado de absoluta insensibilidad (que descarta la hipótesis de histeria) podía dejar de sentir la cera derramada sobre los párpados. Estaba, pues, en coma profundo. No respondía a ningún estímulo”. Eso también: le dieron, lógicamente, el sacramento de la unción, y ella “cada hora o momento pensaba (que) expiraba”; también la sepultura estaba preparada. Pero “quiso el Señor (que) tornase en mí”, que recobrara el conocimiento. Más adelante escribe, con supuesta gran alegría: “parece me resucitó el Señor, que estoy casi temblando entre mí”. Esto fue muy al principio –hemos dicho que en 1539– con 24 años, y murió el 4 de octubre de 1582, con 67. Con muchísima vida ya vivida.

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