Arte y devoción por las calles

800px-Nuestra_Señora_de_las_Angustias_(Juan_de_Juni,_hacia_1561)Dice el historiador y teólogo alemán Ralf van Bühren que “la observación pausada de una imagen podría realizarse como oración de meditación, o sea para meditar con ella; método que facilita perfectamente la elevación de la mente a Dios o a los santos”. A la vez, esas observaciones y a veces auténticas admiraciones pueden cumplir (probablemente porque así se realizaron por los artistas correspondientes) la función de instrucción catequética o de razonamiento teológico.

Para nosotros, el hecho de contemplar cuadros donde se narran pasajes de la vida de Jesucristo o de la Virgen María, o cualquier fragmento de las narraciones bíblicas en general, así sean tallas, grupos escultóricos, pinturas al óleo, retablos, etc., lo explicamos como la observación artística que cumple tres funciones básicas, si las interiorizamos y nos las tomamos seriamente: la primera sería la belleza por sí misma, o sea la transmisión de sensaciones a través de colores, objetos y personas (en este caso por sus expresiones), es decir, lo que llamamos la impresión general; la segunda sería la comparativa, tanto con la realidad que se quiere plasmar como con los hechos que nos llegan de forma escrita: el juego de las proporciones y semejanzas conforma en nuestra mente lo visto o lo narrado.

Y el tercer lugar es el que nos lleva a recrearnos con lo fotografiado, lo descrito, lo pintado o lo esculpido, de modo que eso mismo se queda o bien en la superficie de nuestra retina o ha traspasado la barrera defensiva de nuestros sentimientos y va y nos toca el corazón, forma literaria de decir que nos conmueve y facilita con la estampa o la talla una conversación que hasta puede alcanzar el desbordamiento de sentimientos escondidos antes atados por la simpleza de nuestras propias vidas cotidianas, tan llenas de vacíos y de zonas arenosas e inseguras. Y por ahí nos encontramos con que observamos a personas que le rezan a una estatua o a un cuadro. La conmoción lo ha hecho posible. Para los creyentes no hay nada superior al efecto de la oración (hablar directamente con Dios, tener ratos de charla coloquial, decir lo que nos abruma o nos alegra, pedir y agradecer favores recibidos, estimular la devoción, vivir deseosos de que llegue el momento establecido para tener esa plática). Y también nos transmite efectos semejantes el hecho de que nos encontremos con procesiones que sacan a la calle verdaderas obras de arte caracterizadas por la religiosidad popular que las rodea, las hace salir con tanto esplendor, las cuida, las viste, las adorna; les dedica ilusión, tiempo, versos, saetas, himnos y delicadas marchas procesionales.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *