Arte supremo: sobrio, simple, claro

hoguerasSí, sí, fue Azorín quien lo dijo, allá por 1915, “Al margen de los clásicos”, o sea, escribiendo notas en los márgenes blancos, que es lo que le gustaba hacer en sus lecturas, así fueran libros reputados, recién incorporados, folletos o prospectos de medicamentos. Escribía donde le dejaban, incluidos los mármoles blancos de las antiguas cafeterías.

Y en ese volumen, tras la lectura de viejos cuentos con rima (los romances), centenarios sin duda en número y en edad, los piropeó diciendo de ellos que “su arte supremo es la sobriedad, la simplicidad y la claridad”; a la vez que se preguntaba qué aventuras se traería el conde Arnaldos a la vera de la mar nada más romper la luz del día de la mañana de San Juan. ¿El despertar de la noche de los fuegos, las hogueras y las quemas de trapos y muebles viejos? Bueno, sí, pero también y sobre todo es la fiesta de los prodigios artísticos que los levantinos realizan con sus creaciones y sus críticas, con sus músicas alegres, sus monumentos, sus desfiles coloristas, sus acompasados truenos y su jolgorio. Aquí, junto al mar; y mirándole siempre de frente, con sus olas.

A los estudiantes de antes nos decían que el más representativo de los romances españoles, sin autor conocido, era el del conde Arnaldos, a quien Azorín utilizaba para imaginarlo a su aire: “El conde Arnaldos ve venir una galera… En el bajel viene un marinero entonando una canción; su voz es llevada por el ligero viento hacia la playa. Es una voz que dice contentamiento, expansión, jovialidad, salud, esperanza. Una honda correlación hay entre la luminosidad de la mañana, el azul del mar, la transparencia de los cielos y esta canción que entona al llegar a la costa quien viene acaso de remotas y extrañas tierras. —Por Dios te ruego, marinero, dígasme ora ese cantar —exclama el conde. Y el marinero replica: —Yo no digo esa canción sino a quien conmigo va. ¿Dónde? ¿Hacia el mar infinito y proceloso? ¿Hacia los países de ensueño y de alucinación?”

La gente gustaba de recitarlos y escucharlos en plena calle, con algún instrumento musical, con botijo de agua fresca y con bota del bien preciado vino del lugar, aprovechando que el verano daba su solemne comienzo. ”(…) Estos romances populares, tan sencillos, tan ingenuos, han sido dichos o cantados en el taller de un orfebre; en un cortijo, junto al fuego, de noche; en una calleja, a la mañana, durante el alba, cuando la voz tiene resonancia límpida y tono de fuerza y frescura… ¿Son la obra de un verdadero artista, de un hombre que ha llegado a saber que el arte supremo es sobriedad, simplicidad y claridad?”

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