Anaquelerías para los muertos

cementerioQuerido Deogracias:

Como este año se celebra el cincuentenario de la muerte del excelso escritor y paisano nuestro José Martínez Ruiz, AZORÍN, nos ha parecido muy oportuno venir al camposanto donde tienes establecida tu morada desde tu siempre precoz momento de morir y dejarnos a los amigos de verdad, tan huérfanos ahora de tu compañía y de tu grata conversación. La carta de este año, tras la visita anual y la charlita de rigor sentados en el banco de piedra del recibidor al aire libre en el espacio previo a las tumbas selladas y personalizadas con los nombres de los deudos que las habitáis, tiene hoy esta señalada circunstancia, pues fue el 2 de marzo de 1967 cuando vimos en el telediario de la pensión de estudiantes que Azorín había fallecido en el Madrid de sus paseos, sus descripciones, su Congreso de Diputados, su feria de libros antiguos en la cuesta de Moyano, sus cines de doble sesión y sus artículos de persona mayor y con respeto que leían con mucho silencio nuestros padres y sus amigos. Los restos de Azorín y de su esposa Julia Guinda están ahora en esta necrópolis desde junio de 1990 en que fueron traslados en tren (donde el escritor describió cómo se viajaba, qué hacían los pasajeros y qué cambios de ánimo producía en ellos la llegada al levante español) y recibidos por su pueblo.

En uno de sus libros de recuerdos, titulado “Madrid”, Martínez Ruiz demuestra haber conocido los camposantos. Los de Madrid están en el ruedo de la ciudad y los de París están incluso en la ciudad. Por eso decía que los madrileños tenían a sus muertos lejos, apartados de nuestra mirada. En Monóvar no pasa eso, porque la ermita de Santa Bárbara (que cobija a su bella imagen) los mira de reojo y cuida de ellos. Curiosamente nos dice que en París los muertos no están muertos: son ausentes por tiempo indefinido. En España –añade- existen las anaquelerías para los muertos, esto es, filas y filas de nichos. Él también visitaba en Madrid un cementerio que luego fue clausurado, el de San Nicolás, para visitar las sepulturas de Larra y de Espronceda. Copia un texto del novelista francés André Gide, que había dicho: “Cuando voy a un pueblo lo primero que hago es visitar los cementerios, los mercados y los tribunales”. Suponemos que Gide se refería a los lugares más frecuentados. La ciudad de los muertos se llena de vivos cuando llega el Día de Difuntos. Todo se enlaza, dice el maestro, “el arte, la muerte, la vida y el amor a la tierra patria”, en un ambiente dominado por la melancolía.

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